Crónica: Happy Ending Fest 2017

Desde hace varios años vemos, desde nuestra querida Lima, cómo en países cercanos y lejanos se cimienta el modelo de “Festival de verano”. Un día, o un fin, o una semana entera donde en varios escenarios, paralelamente, artistas internacionales -tanto clásicos como vigentes, y que no necesariamente suenan en la radio- y propuestas locales. Estos festivales suelen ser, además, bastante variados. Y se han transformado en la mejor manera que el público interesado para conocer música nueva.

Tal vez por la percepción de poca demanda en el pasado se haya pensado disparatado que se pueda dar este modelo en Lima. Por eso se valora mucho el riesgo que los productores del Happy Ending Fest tomaron para organizar bajo los parámetros del Festival de verano, así haya sido pequeño en comparación con otros (una noche, tres artistas internacionales) no es que podamos pedir mucho más. El cuidado y la calidad del evento se tradujeron en una gran y feliz fiesta, y en una sesión de ampliación de horizontes musicales para todos los asistentes.

Ampliación de horizontes musicales porque, más allá de una línea general clara trazada por los sonidos electrónicos bailables, las propuestas de los artistas principales (Bomba Estéreo, Caribou, y Sublime w/ Rome) y de los otros escenarios son bastante diferentes entre sí.

El primero de los mentados artistas principales fue Bomba Estéreo, que demostró con creces que son más que su ‘hit’ de hace unos 5 años “Fuego”, así la gente se lo pida desde que pisaron el escenario. Lo mejor de su show fue su trabajo con los sonidos electrónicos (sintetizadores, osciladores, samplers, etc.) y la sólida e inesperada base rítmica de rock dentro de toda su fusión caribeña. Cada una de sus canciones inducía más al baile que la anterior, pero hubiera estado buena también un poco más de volumen y claridad en la voz de la ‘frontwoman’ Liliana Saumet.

Otra diferencia entre este festival y los que han sido mencionados de otros países fue que, debido a que no había tantos artistas, tampoco, se planeó que no haya cruces de horario. Se abría la posibilidad de que, luego de que uno de los internacionales terminara su set, se pueda escuchar un pequeño panorama de lo que está pasando en el Perú en un escenario más pequeño exactamente al frente del principal.

Los nacionales que se presentaron fueron básicamente una selección de bandas con la capacidad de dar la talla en un evento de esta calidad y con un buen sonido que imposibilitaría ocultar un posible amateurismo. Sonaron, tanto propuestas originales dentro de sus géneros (el hip-hop/dubstep de Menores) como otras que no tanto (We The Lion y su obsesión con The Lumineers).

Vale destacar, dentro de este escenario, a Menores, una banda que merece más acogida de la que tiene. Canciones redondas y bien pensadas, gran sonido y producción de la ‘beatmaster’ Orieta Chrem, y un manejo del escenario muy bien trabajado por las MCs Talía Vega y Ana Cabrera (sí, emociónate, es una banda de solo chicas). Todas características muy inusuales en nuestro medio.

En general muy buena curaduría en ese sentido por los organizadores Tanto en el escenario de invitados nacionales como en la Carpa Red Bull. El festival daba la posibilidad a los asistentes de bajarle las revoluciones después de cada show internacional, o también de no. Este segundo espacio estaba dedicado a sets de DJs y recibió casi la misma acogida que el escenario de nacionales. Muy acertada selección de mezcladores (altamente recomendados, sobre todo, Holy Six y Quantic). Otra cosa simpática de esta dinámica era que el espacio y los cambios de escenario programados dieron la oportunidad de ver a los artistas setear a quienes no se querían mover.

Así es como muchos vimos setear el kit instrumental de Dan Snaith y sus otros tres compinches que conforman Caribou. Dos baterías, cuatro sintetizadores, bajo y guitarra en un espacio bastante contenido (como si estuvieran encerrados por un cubo imaginario) para que los cuatro miembros del grupo roten entre instrumento e instrumento dependiendo de los ejercicios musicales que componían su set, que más que un conjunto de canciones se sintió como un viaje.

La propuesta de Snaith, un genio de la producción, es básicamente deconstruir (con una cucharada de pop) las convenciones de la música electrónica bailable, dándole vuelta a géneros como el acid house, el techno de Detroit, y el funk. Transformar el “no reventar” la fiesta como un ‘statement’ (hasta su última canción, “Sun”).

El público, tal vez acostumbrado a electrónica más convencional, se demoró un poco en captar esta onda. Pero la riqueza musical desplegada por Snaith y el tener siempre la decisión correcta para la construcción de sus ritmos hicieron que todos se compraran la propuesta, y que todos bailen. Una recomendación, si se quiere escuchar a Snaith ‘reventando’, escuchen Daphni, su proyecto DJ.

Luego pisó el escenario el ‘headliner’, la banda más grande, antigua y universalmente reconocible de las presentadas. Sublime w/ Rome y los ‘hits’ que todos estaban esperando de una de las últimas bandas de ska-punk de real importancia.

La historia de Rome Ramírez, el reemplazo del siempre recordado Bradley Nowell es de película. Fan devoto de la banda, Rome aprendió a cantar y tocar guitarra con los tres discos que se publicaron con el ‘frontman’ original. Cuando fue descubierto por el bajista Bud Gaugh 10 años después de la disolución de Sublime, Rome se sabía todos los solos de Nowell al derecho y al revés y había desarrollado su mismo tono de voz ronco y sentimental, así que se le invitó para ponerse (al menos en el escenario) en los zapatos de su ídolo.

Un poco de esa bella historia de amor a la música se sintió en su show, que fue mucho más de lo que podría ofrecer una “banda tributo”. Rome suena muy parecido a Nowell, pero con el toque justo de personalidad para que no sea un simple calco. Y la profesionalidad con la que tocan estas canciones es destacable. Hasta los temas que no conformaron el catálogo original de Sublime, sino fueron lanzados posteriormente, no desentonaron en su set. Cerraron con su hit máximo, “Santería”, poniendo punto final a los escenarios de afuera, pero no a la carpa, que siguió con Quantic hasta Dios sabe qué hora.

En líneas generales, entonces, el Happy Ending Fest no habrá sido Lollapalooza Chile o el Estéreo Pícnic de Bogotá (que está ocurriendo en paralelo, y a donde la mayoría de artistas internacionales se están dirigiendo hoy para tocar ahí también). Pero sí fue un pequeño frasco de ese universo de posibilidades, y qué gran noche fue. Ojalá se pueda repetir un festival así pronto.

Crónica por Nayo Aragón. Fotos por Samuel Girón

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