Crónica: Magma en Lima 2017

Era todavía un estudiante de tercer grado de secundaria, aproximadamente, el día que estaba en la casa de mi amigo Diego, y su hermano mayor estaba viendo un DVD de Magma en vivo: Trilogie Au Trianon. Mi primera impresión fue que no entendía nada. La música era insondable – me costaba encontrar la melodía o el ritmo. No tenía de qué agarrarme; eran sonidos completamente alienígenas, entonces Sergio procedió a explicar de qué se trataba.

La música de Magma trata sobre una sociedad post apocalíptica, un grupo de humanos que huyen de un planeta Tierra en estado terminal para establecerse en su nuevo hogar, Kobaïa. Kobaïa y su idioma, el kobaïano, en el que se canta toda su historia, son creación de Christian Vander, un genio baterista y apóstol de John Coltrane que se encomendó a perpetuar la visión intergaláctica del jazzero posterior a su muerte.

Antes de proceder, debo confesar que ya estaba enterado del setlist que la banda probablemente ofrecería en Lima y que intencionalmente evité escuchar esas composiciones. Estas composiciones son principalmente Theusz Hamtaahk y Mekanik Destruktïw Kommandoh, mientras que yo me he familiarizado más con los melódicos Udu Wudu y Attahk. Lo hice en parte por el afán de asistir a esta experiencia mística despojado de toda expectativa.

Cuando Magma sube al escenario, mis ojos – los de todos, quizá – buscan inmediatamente a Christian, lo encuentran. Ahora no cabe duda que esto es real. Sin perder tiempo, la banda nos toma por asalto por con los sustos y golpes inaugurales de Malawelekaahm, movimiento inaugural de Theusz Hamtaahk. Inmediatamente alcanzo a mi bolsillo y arranco un poco de papel higiénico para ponerme en las orejas, ya que el sonido está considerablemente fuerte, lo cual igual me trae satisfacción.

Al ponerme mis tapones improvisados y filtrar un poco el brillo del auditorio puedo apreciar lo impecable que está el sonido esta noche: bajo musculoso, que conforme la tradición Vanderiana alterna entre drones agudos fomentadores de paranoia y pisotadas ígneas que liberan tensión tanto como la generan; guitarra en su punto con inflexiones psicodélicas y dramáticas; vibráfono y órgano Fender Rhodes uno a cada lado del escenario, la batería / nave característica de Christian Vander, con dos columnas de platillos a cada lado y un sonido lo suficientemente suelto para ser jazz y lo suficientemente sólido para cuando hay que rockear (o el punto intermedio entre ambos, que otras bandas han adoptado para fomentar un género llamado Zeuhl). El ensamble es coronado por el trío de voces Hervé Aknin, de voz sacerdotal, Isabelle Feuillebois, cuya labor de apoyo no es menos crucial y mi favorita, Stella Vander – la eterna rubia con una voz bendecida cuyo rango va desde lo suave y operático hasta el delirio en los registros más altos.

El impacto inicial da paso al primer cántico, más bien un mantra, que entona Hervé Aknin – Hervé y Stella alternan el rol de voz líder. Desde el inicio de mi relato hasta ahora solo han pasado 50 segundos, pero aquí es donde se perfila la línea general que sigue Theusz Hamtaahk, en kobaïano “Tiempo del Odio”, una especie de ritual ominoso que se sostiene sobre redobles y armonías que desafían nuestro concepto de armonía, ritmos que generan una tensión insostenible pero sostenida y que alcanzan muy merecidos y recompensantes estallidos (como en Gorutz waahrn, más o menos por la mitad) con los cuales agitar la cabeza. Christian Vander agita la cabeza y demuestra el mismo fervor por su música que todos estos años, y se luce en batería con destreza intacta – dosificando bien la fuerza en aquellos momentos donde se requiere fuerza, ejerciendo técnica impecable en todo otro momento.

El punto alto viene cuando se para de la batería para tomar el micrófono. Vander comienza a recitar versos en Kobaïano que luego Hervé replica como si se tratase de una misa. En un momento Vander y Hervé empiezan a recitar al unísono, luego uno de ellos toma una ruta alternativa, solo para que sus versos se reencuentren. Se silencian una vez más – nos encontramos en Slibendi des theusz y el vibráfono y el teclado se encuentran enganchados en un arpegio maravilloso – antes de que Vander pronuncie lo que suena como una sentencia: Theusz hamtaahk. Y viene la réplica de Aknin: Theusz Hamtaahk. Y luego Stella Vander: Theusz hamtaahk. La banda se lanza hacia Zortsung (vocablo que se parece a Zerstörung, alemán para “destrucción”) – la pieza llega a su conclusión con total intensidad y castigo, solo para callar abruptamente. Sea lo que sea que este capítulo represente en la historia de Kobaïa, estoy feliz de que no me toque vivirlo, y muy agradecido por el privilegio de escucharlo de estos músicos.

Durante un breve descanso, Stella se dirige al público en inglés (pero con el inconfundible acento francófono) y explica que la banda recibió incontables mensajes al anunciar su gira. “Nos estaban pidiendo que toquemos prácticamente todo Magma. Elegimos el Theusz Hamtaahk y esperamos que les haya gustado”.

La banda vuelve al escenario. El Rhodes toca una especie de shuffle perceptiblemente más melódico. La banda por un instante no lo acompaña – algo me suena conocido – mas Vander y compañía irrumpen de pronto en un ritmo más reminiscente de marcha imperial intergaláctica y Hervé lo confirma: Mekanik Destruktïw Kommandoh! Ciertamente, Mekanik es un asunto de musicalidad más tradicional, si bien el adjetivo no puede servirnos del todo en el dominio de Magma. La tensión e inminencia de Theusz se cambia por un sentimiento épico de grandeza. Mayor variedad y paleta instrumental, mayor cambio de ritmos y mayor dinámica de llamado y respuesta entre las voces, a diferencia de las armonías ondulantes que hemos escuchado en la primera mitad. Todo esto ocurre tan solo en los primeros 10 minutos del álbum, titulados Hortz fur den stecken west.

Hay un motivo detrás de la elección de este repertorio para la mayoría de shows que Magma ha dado últimamente: no solo son obras clásicas que lidian con parte fundamental de la temática Kobaïana, si no que exhiben aquellas composiciones que son más Magma de todo lo que ha publicado Magma. Es decir, en estas dos composiciones se concentra aquél inconfundible sonido Zeuhl en su máxima expresión. Además, Theusz Hamtaahk y Mekanik Destruktïw Kommandoh son dos ejercicios completamente distintos que permiten el show más variado y consistente posible. Para decirlo todo: si tuviera que cambiar alguna de ambas por mi favorita, Zëss, que dura media hora y la banda no ha tocado hace mucho, me tomaría un año decidir.

La música de Magma es desafiante. Hay una conmoción resultante de ver a una banda tan excepcional. Los momentos altos de la noche y su significancia solo van floreciendo en la mente conforme pasan las horas – el intercambio de versos entre Vander y Hervé, los duetos al unísono entre la guitarra de McGaw y el falsete de locura de Stella Vander, el desenfreno kinésico de los músicos durante el gran cierre, la tribal y ensimismante Zombies. Las luces rojas. El bajo reptante, casi subterráneo como los gusanos de Dune. Aquél momento en el que todos nos paramos para aplaudir, pensando que el concierto ya terminó, y notamos que la banda sigue inmóvil en escenario. Todos miran a Christian. Christian Vander está en un trance, está meditabundo – es el pequeño acople de fondo lo que le molesta? Pero BUM! – es el último gran estallido cuando menos lo esperamos todos – y ahora sí se acabó. Momentos así no se borran nunca. Y escucho alguien gritar desde arriba, mientras la banda se despide, “Gracias, Christian!”. Efectivamente. Gracias, Christian.

Crónica por Nicolás del Castillo. Fotos por Fabio D. Miranda