Crónica: festival Paraíso Vacío 2017

La vista nocturna del malecón, por lo menos de noche, desde el taxi, y las callecitas que conducen a la galería de arte Anne Kesch en Chorrillos hacen fácil sentir por un momento que se está en una ciudad costera distinta a Lima. La ensoñación momentánea no fue interrumpida al llegar a la galería, todo lo contrario: el Festival Paraíso Vacío, de Plastilina Records, prolongó esta visión hasta el final. Aquí un recuento de lo experimentado.

Las salas y pasillos de la casa están dispuestos de forma que es fácil jugar a perderse y reencontrarse con amigos sin riesgo real. Cada pasillo o sección de la casa está iluminado de un color diferente. Si estás en un ánimo más azul, te vas a donde está azul. Provoca estar ahí aún si no estás prestando mucha atención a las bandas, que es el caso con varios asistentes que sospecho son más asiduos del circuito artístico que musical.

El arreglo y distribución de escenarios es una idea tan ingeniosa que no puedo comenzar a desmenuzarla. El primero está ubicado dentro de la casa, en un salón donde se puede acceder por tres de los lados. En el lado restante se encuentra el primer escenario, desprovisto de batería, donde se presentan los proyectos más basados en pistas u orientados a electrónica: Laikamori, Pumuky, Budapest, Aaron Rux, etc.

En el jardín lateral de la casa (un jardín hermoso con luces hermosas, rayos verdes que se proyectan de la parte lateral y agradablemente rodeado de otros edificios de elevación modesta) está el escenario más “rockero” cuya única diferencia en realidad es contar con una batería. Aquí llegué a ver a Dan Dan Dero, Los Claveles, Luis Loz y Juan Gris. El sonido es impecable tanto afuera como adentro. Pero lo verdaderamente impecable es la transición entre bandas. Esto es lo que pasa:

No es como los festivales de múltiples escenarios donde tienes que dejar de ver a un artista para irte a ver a otro. No hay coste de oportunidad. El tiempo de ejecución de cada set (aproximadamente 30 minutos) en cada escenario se traduce al tiempo que tiene el artista del otro escenario para preparar su puesta en escena. De este modo el horario se cumple sin mayor demora, sin mayor prisa, y con la bonificación añadida de que la música continúa de manera ininterrumpida pero en ningún momento llega a saturar al asistente.

Estás viendo a Luis Loz, y cuando termina Luis Loz, las reverberaciones dentro de la casa te avisan que ya está tocando Pumuky. Puedes ir, o puedes darte un respiro y conversar. La venta de cervezas y aguas está convenientemente ubicada en el camino de un escenario al otro. Los vasos de plástico se amontonan sobre un tacho saturado. Le digo a Alexandra (Bedoya, que organiza): “¿No tienes miedo que se acabe la cerveza?”

La música. Llego en el momento que Laikamori está agraciando el interior de la casona con su pop alienígena, electrónico, extrañamente bailable y con un excelente despliegue de visuales (que también acompañan el resto de artistas que tocan en este ambiente). Dan Dan Dero tuvo un set de lujo, con Erik Baumann que ya se ha recuperado de su lesión de mano, y estrenando nuevos temas que figuran voces masculinas por primera vez. Budapest presentó una especie de pop pastoral, invernal, angelical, todo al mismo tiempo, centrado en la voz intachable de Giuliana Origgi.

Luis Loz ofreció una clase maestra de songwriting, con una banda bastante muscular y sólida y letras que revelan tus heridas la primera vez que las escuchas (estoy hablando de “Camas Separadas”). Jimena Guinea (Dan Dan Dero) prestó su voz para complementar el dance pop glamoroso, más millonario que Hollywood, de Aaron Rux, sujeto cuya nacionalidad o lengua materna no me queda clara pero cuya camisa me encantó. Dijo algo sobre subir a un bote y todos comenzaron a bailar.

Los Claveles también se ayudó de músicos locales para darnos una dosis de punk inequívocamente español – a mí me hace pensar en Los Nikis o en Siniestro. Juan Gris destruyó con sus canciones, cada una un himno, como siempre. Pumuky, en su segunda fecha en nuestra capital, se distendió en su mezcla de post-wave etéreo y sentimental. Ya no estuve para la hora en que Joe Crepúsculo, plato fuerte de la noche, hizo su aparición, pero tienen que bastar las palabras de un amigo: Las dos primeras filas de gente bailaban. Luego los de atrás. Logró ponerlos a todos a moverse.

Crónica por Nicolas del Castillo. Fotos por Luis Carlos Adrianzen.

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