La última vez que los peruanos pensamos en Australia fue el pasado 26 de junio, cuando nuestra selección de fútbol venció a ese país en su despedida del mundial Rusia 2018. Hoy, cuatro músicos procedentes de cangurolandia, que han sobrevolado un par de continentes para dar con Sudamérica, se alistan para salir al escenario de la Sala Raimondi, en Barranco.

Australia suena otra vez en Lima, esta noche mediante los Cut Copy, quienes inauguran su show con una ráfaga de percusión, seguida por “Need you know” de su disco Zonoscope (2011). Los músculos se relajan, los huesos se aligeran. El calentamiento previo lo ha hecho Kauf, que emergió de esa cueva con luces azules para presentar su proyecto de electrodance, bastante chill, algo oscuro, que provocó aplausos cuando atizaba sus sintetizadores con sendas baquetas.

La propuesta de Cut Copy es distinta. El cantante Dan Whitford, ataviado de una camisa blanca –al igual que sus compañeros–, se contonea robóticamente sobre las teclas, como si hubiera despertado después de mucho en una década que no es la suya, y como si toda esa energía contenida desde los años ochenta lo poseyera. El set continúa con “Black rainbows”, “Airborne” y “Living upside down”, temas de su última placa discográfica, Haiku from zero (2017).

Estos australianos no solo suenan como una banda indie electrónica, también lucen así: sin que toquen instrumento alguno, las secuencias melódicas que se oyen –proyectadas desde alguna laptop– les permiten bailar y disfrutar del concierto como si fueran parte del público. Sin embargo, cuando no están moviéndose en el aire, sus manos también pisan las teclas de sus sintetizadores y los trastes de guitarras que aparecen y desaparecen –gracias a la pericia de plomos casi invisibles– en medio de una canción.

Pese a que el sonido de Cut Copy es actual, se pueden adivinar las influencias de synth pop ochentero en sus composiciones; o sea, esto es lo que hubieran hecho los New Order y Depeche Mode si hubieran sido millennials (con Daft Punk y LMFAO de referentes).

Corta, copia.

La performance es impecable auditiva y visualmente. Tim Hoey hace chillar las cuerdas de su guitarra –pareciera una Jazzmaster blanca de lámina roja– con una baqueta al estilo de Thurston Moore, de Sonic Youth. El bajista Ben Browning retumba el piso, en el que marca el ritmo con su talón. La batería de Mitchell Scott no pierde el compás.

A continuación, “Free your mind” y “Counting down”, y una bola de espejos en lo alto del proscenio que rebota cuadrados azules que giran alrededor de Dan Whitford, quien se mueve con la seguridad de un rey de la música disco. Su dominio escénico es pedagógico, una lección de baile. Levanta las rodillas, las baja, las levanta y mantiene los brazos en alto y en diagonal.

Future.

Desde hace unos segundos, Dan apoya la cabeza en su sintetizador, con el rostro oculto, pero no por eso la gente ha dejado de balancearse. Cut Copy conoce el secreto para mover a su audiencia. El olor a marihuana se esparce. Los chilcanos y las cervezas surten efecto. Unos extranjeros vandálicos cruzan felinamente las barreras para llegar a la zopa VIP. De fondo, “Pharaohs & pyramids”.

Whitford habla poco, tal vez por su formación de DJ, y ahora que lo hace, ordena: “Keep dancin”. “Hearts on fire” va in crescendo hasta que explota, y la fiesta se consume. Éxtasis. La gente eleva sus dedos hacia el cielo, como si –inconscientemente– quisieran llegar a él a través de la música, y las palmas meneándose al capricho de un beat acelerado y de un teclado que nadie toca asocia el momento a los trances de un rave.

Plácidamente, un riff sintetizado de Súper Nintendo (a lo Top Gear) va de izquierda a derecha, y vuelve. Cut Copy desciende su volumen. “Hearts on fire I reach out to you tonight”. Las cuatrocientas personas en la Sala Raimondi corean. Dan Whitford es un DJ que rockea. Largos aplausos. “Standing in the middle of the field”, “Take me over”, “Out there on the ice”, y el cuarteto desaparece. Nadie se aparta de su lugar, y a los minutos el grupo retorna entre silbidos. La presentación termina con “Lights & music”.

Algunos abandonan el local tarareando los hits australianos. Las murmuraciones aprueban el espectáculo con altas calificaciones (¡lo máximo, Indiegentes!). Sin duda, Dan Whitford ha dejado muchos corazones on fire. Que vuelva pronto para iluminar Lima con su música, que ciertamente ya se instaló en nuestras mentes.

Crónica por Luis Francisco Palomino. Fotos por Sebastian Pesadilla.

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