Las puertas finalmente se abrieron, una hora más tarde de lo anunciado, y la cola de unas 100 personas vestidas de negro empezó a ingresar al local. Resplandor debe haber visto al público entrar uno a uno durante su primeras dos canciones. Pero, en defensa de las colas que se forman para entrar a un concierto, debo decir dos cosas: primero, que son una oportunidad para conocer nuevas personas y entablar interacción humana a la antigua; segundo, que dan fe de la convocatoria saludable de un evento.

Esta es mi primera vez en Nébula y me pregunto por qué. El local cuenta con buena acústica y un formato algo tubular, pero que permite ver el escenario desde distintos puntos, y que transporta bien el sonido así uno esté cerca o lejos de la tarima. Esta también es mi primera vez viendo a Resplandor, banda estandarte del shoegaze peruano de la cual conozco más leyendas que canciones (las bandas que trajeron a Lima hace una década, su relación con Robin Guthrie de Cocteau Twins, la gira por Estados Unidos). Quizá es porque el sonido todavía no ha cuajado por completo aún, pero la imponencia de las texturas de Resplandor no se despliega del todo. Quizá la instrumentación estaba a niveles muy estándar o “seguros” para transmitir el muro de sonido característico del género. Por lo demás, la ejecución estuvo cuadrada y los temas poseen una estructura familiar, compacta e inmediatamente reconfortante. Queda pendiente volver a ver a esta banda con un sonido hecho a medida.

El set de Altocamet fue más accidentado. Esta es, a mi saber, la cuarta visita de la banda Argentina al país (ya los hemos reseñado durante el festival Hyperreal). La emoción de ver nuevamente a este quinteto, cuya sofisticada mezcla transita el cruce entre shoegaze, dreampop, electro pop, y veneración directa al legado de Cerati, fue contrariada por problemas técnicos de sonido durante los primeros temas, a visible molestia de la banda. Por suerte, el público fue empático y comprensivo – no es que estos percances realmente mermaran el disfrute del show. Mi tema predilecto, “Aurora Boreal”, sonó tan incendiario como hace dos años, pero igualmente relucieron temas de su disco más reciente, Atrapando Rayos, como como “Glaciar”, con sus sintes y coro ominosos, o la increíblemente chill “No Están Quietos”.

Pasamos a Laikamorí, la respuesta local a todos los dúos basados en electrónica que alguna vez optaron por disfraces temáticos. La música de Laikamorí y su pretendida cualidad alienígena en realidad presenta un sentido de melodía y ritmo bastante familiar; lo sorprendente es como, sacando por completo de la ecuación letras, palabras inteligibles o estructuras de canción identificables, Laikamorií logra escapar estos criterios de evaluación para imponer su música como una experiencia. Creo que lo puedo ejemplificar con mi caso: a pesar de haber visto a Laikamorí numerosas veces, aún no puedo identificar una sola canción, pero como resultado de eso, cada vez que los veo es una experiencia diferente y nueva.

Y luego Drab Majesty nos llevó a un mundo completamente distinto. No sé por dónde empezar a describirlo. Deb Demure y Mona D (alter ego de los músicos) se ven como sobrevivientes al apocalipsis social de un futuro hiperhedonista y retro-futurísticamente ochentero. La música comunica este debacle de drum machines casi industriales, la guitarra es resplandeciente, filuda, arácnida, los sintetizadores colman todo el espacio, los sintetizadores parecen personificados por la humareda artificial que perfila las cabezas de estos personajes tomados de Blade Runner. Estas solo son las primeras impresiones.

El setlist comenzó como comienza su álbum más reciente, The Demonstration, con una obertura de sintetizador titulada “Induction”, y luego la guitarra y primeros tarolazos de “Dot in the Sky”, un tema que jala distintas cuerdas emocionales y cuyo sentido de urgencia no recae durante sus cinco minutos. El público respondió de manera excelente. No sorprende que el local esté rebalsando de gente y entusiasmo; por algún motivo, Lima es la ciudad donde más se escucha a Drab Majesty, según confirman las estadísticas de Bandcamp. Siguiendo con el orden del álbum, pasamos a “39 by design”, no sin otro pasaje instrumental previo donde los ecos de la guitarra se extienden como si flotaran en el mismo aire.

Aquí se hace evidente uno de los múltiples factores que hacen a Drab Majesty una experiencia en vivo que vale tanto la pena. Como otras bandas que dependen de máquinas de ritmos y sintes para recrear su música en vivo, parte de los sonidos que escuchamos en vivo son los mismos que el álbum; a diferencia de esas agrupaciones, Drab Majesty no se contenta con presentar la misma pista de la grabación y complementarla con el elemento humano – léase, poner play a la pista y tocar guitarra encima – si no que entre canciones se dan codas instrumentales, sean de guitarra o de sintes, que actúan de puentes entre los temas, que predicen las melodías que están por venir y hacen mucho más efectiva la irrupción súbita de un tema tan denso y dramático como “Cold Souls” – mi favorita de la noche. El dúo sabe que tiene que añadir plusvalía a la experiencia en vivo y lo hace mediante una puesta en escena increíble y música adicional que no encontramos en los discos.

El sonido fue excelente. Para ser electrónica, la batería se sentía harto presente, las melodías vocales entre Deb y Mona fueron sublimes, y el duo de guitarra y sinte generó una mezcla envolvente como pocas que haya escuchado en mi vida. Me atrevo a decir que es el mejor show que he visto en lo que va del año; una experiencia sonora, dramática y escénica total.

Crónica por Nicolás del Castillo. Fotos por Fabio D. Miranda

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