El Festival Cultura Libre se encuentra en su cuarta edición consecutiva. El festival, en torno al cual se dan conversatorios, exhibiciones y talleres durante la semana que lleva al evento central, es un despliegue de pluralidad artística y encuentro de subculturas nada menos que estimulante.

Todo en el parque Cáceres de San Isidro está dispuesto como en años pasados: el escenario da la espalda a la Vía Expresa y los stands de la feria de discos están dispuestos en semicírculo mirando al escenario. Quizá vale hacer hincapié en esto porque esta disposición es muy efectiva y acogedora, y no solo crea un espacio, sino un momento de seguridad y confianza donde provoca quedarse todo el día, a pesar que estamos, literalmente, en la calle.

Al momento de llegar se encuentra en escenario El Jefazo, trío que lidera Bruno Sánchez (de Turbopótamos). Acá se puede notar el trabajo de sonido, que es lo suficientemente balanceado y sólido para transmitir bien las embestidas stoner sin espantar la curiosidad de personas mayores y niños que también componen parte del público; puede resultar un poco disparatada o cómica la manera en la que estos contemplan apaciblemente una música extrema, pero revela que las personas, en general, están contentas de escuchar aquello que se les ofrece, sobre todo cuando está presentado de una manera tan profesional y elegante.

Siguen los míticos Turbopótamos. La adición de Hernando Suárez (Gomas, Adictos al Bidet) ha facilitado el retorno de la banda a los escenarios. A diferencia de los primeros conciertos “de reunión” que presenciamos el año pasado, para Cultura Libre la banda ha incorporado algunos temas nuevos cuyos sonidos se asemejan a algunas expresiones. “Veloz” posee las guitarras texturadas típicas del dream pop, mientras que “Terremoto” pisa fuerte como un pop electropical o cumbiero. Es curioso, dado que la banda siempre ha poseído un sonido marcadamente original, sin par fuera del país, y logró convertirse en un clásico de la ciudad sin tener que alinearse con ninguna escena. Sin embargo, esto solo significa que la banda tiene deseos de renovarse y de volver con nuevo material, y ambas cosas son comendables.

A continuación viene Rakta, un trío femenino de Brasil en su segunda visita a nuestro país. El trío subvierte la dominancia masculina en el rock y derivados, mientras que su formato sintetizador–batería–bajo subvierte la dominancia de la guitarra sobre el género. Para quienes están familiarizados con el drone, el krautrock, el noise, y la psicodelia, es indudablemente “eso”, pero la manera más acertada de describir su música es como un pasaje hipnótico entre dimensiones.

Rakta realizó su presentación con una pantalla completamente roja como fondo, y los ritmos pulsantes y ritualísticos sirvieron de plataforma para riffs de bajo brutales en los cuales se anclan las oscilaciones y repeticiones de la voz y los sintes. Rakta camina una línea delgada entre música en el sentido tradicional de la palabra y una experiencia aural; ciertamente es una experiencia que envuelve al espectador, y quizá faltó un poco de tiempo para que pueda surtir su máximo efecto, pero no por eso dejó de ser uno de los momentos más altos de la jornada.

Rakta Cultura Libre

A estas alturas el festival llegaba a su máxima convocatoria, y el parque se llenó a tiempo para las presentaciones de dos actos nacionales: Pánico Jóven y La La.

Bajamos las revoluciones (pero no la intensidad) con un set impecable de La Lá, con un ensamble completo y orgánico que suena de maravilla por lo monitores y le pone el toque de gala a la noche. La voz de La Lá me hace pensar en el indie folk que se adueñó del panorama musical hace unos años; tiene un tono airoso y reposado que se mueve a lo largo de su registro con total limpieza. Pero con La Lá, se trata de cualquier cosa menos de géneros. Lejos de que estos determinen el espacio en el que se mueve su voz, la cantante se apropia del jazz, folk otoñal, pop de recámara, bossa y bolero, que la banda maneja con total destreza para crear una identidad musical propia.

Pánico Joven es un nuevo dúo electrónico que acompaña su presentación con visuales propios. De hecho, la composición visual tiene suficiente protagonismo como para hablar de una experiencia audiovisual conjunta en la que la banda es su propio soundtrack. En un momento Nico Saba (Kanaku y el Tigre, Conchas Negras) prestó su voz para uno de los temas – tanto crooning como alaridos – lo cual dio un toque de variedad al set. Por lo demás, son pasajes con suficiente onda y suficiente ensoñación, con músculo instrumental en vez de depender de programación pura.

Continuó Juana Molina. Ya entradas las primeras dos o tres canciones del set me empecé a preguntar ¿cómo describir esto? La internet siempre ofrece etiquetas: folktrónica, pop experimental. La música de Juana Molina me suena casi deconstruccionista. Arma canciones completas con ideas simples y muy efectivas, haciendo uso de loopers para crear una cama textural esquelética pero rítmica y cautivante, sobre la cual versos, coros, glossolalia, y casi-gritos se superponen. La percusión es electrónica pero humana (me refiero a que hay un baterista) y emula sonidos muy orgánicos; la guitarra de Juana está desprovista de efectos para dejar entrever un excelente dominio del instrumento, que refleja algo de su herencia tango. Juana Molina puso a bailar y saltar a todo el público con canciones que ni por un segundo recurren a los clichés del pop a los que estamos acostumbrados, y que sin embargo eran pop total. La argentina fue una frontwoman estupenda, dirigiéndose al sonidista y al público con soltura y humor.

Los Ballumbrosio siguieron con un repertorio de festejos entre los que no se percibió uno solo de los recorridos temas que el ciudadano de a pie suele escuchar en la radio, señalando a un tesoro guardado de esta familia que vale la pena presenciar. Finalmente, el cierre se dio con la electrónica de Machinedrum. El dj estadounidense nos ofreció una combinación de intelligent dance music y hip hop repleta drops psicodélicos, cerrando el festival con un gabber brutal.

Si festivales como Vivo X El Rock dan fe de que existe un público – sea para el rock, folk, rap/hip hop o cualquier otra expresión – que está dispuesto a consumir la producción local, lo que Cultura Libre atestigua es que hay una profesionalización en curso, que busca inyectarle iniciativa y referentes a Lima (y al Perú) para que pueda producir más y producir mejor. El aura que se siente en este festival, lejos de ser únicamente un menú de degustación para los interesados, es un reflejo de aquello en lo que podemos convertirnos, y un esfuerzo coordinado y constante para que ese reflejo se haga una realidad.

Crónica Nicolás del Castillo. Fotos por Municipalidad de San Isidro y Sami Cueto.

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