Los Espíritus llegaron a Lima en el transcurso de una exitosa gira que los llevó por varios países de América Latina y Europa. La banda fundada por Maxi Prietto (guitarra y voz) e integrada por Santiago Moraes (guitarra y voz), Pipe Correa (batería), Miguel Mactas (guitarra), Fernando Barreyro (percusión) y Martín Ferbat (bajo) se presentó en la discoteca Fuga de Barranco el pasado sábado 9 de junio.

En la esquina de Grau con Martínez de Pinillos, sólo se podía respirar ansiedad. Un local abarrotado de gente observaba un escenario vacío e iluminado por luces rojas y amarillas. De pronto, Los Espíritus aparecieron desde la esquina del escenario y entre la confusión, el humo y los gritos empezaron a enchufarse. Una hermosa estridencia cayó sobre todos como una bendición pagana y en ese momento todos supimos que habíamos sido invitados a presenciar un ritual.

La estridencia se convirtió en una percusión con corazón africano, acompañada por una guitarra rítmica que, haciéndole juego, dio paso para que Maxi Prietto encienda la noche con su voz rasposa y “El Gato” empiece a sonar. Toda la ansiedad se volvió energía y las palmas colmaron todo el escenario en señal de sincero agradecimiento. Tras un segundo de silencio, un rasgueo de guitarra acompañado de la frase “El pibe mira al hombre” derivó en el suave funk psicodélico de “La mirada”, el cual nos indujo al trance místico que Los Espíritus dibujaban desde el escenario.

Entre los aplausos de la gente, Maxi se acerca al micrófono y saludó con un “Buenas noches”. Los gritos en llamas llegaron desde todos lados y en ese laberinto ardiente empieza a sonar “Perdida en el fuego”. A este punto de la noche, era imposible no dejarse llevar por toda la magia y la buena onda de la banda. Absolutamente todos bailaban, dejándose llevar cada vez más por el trance. Y en ese frenesí tribal, “Negro Chico” se abrió paso.

La stratocaster blanca de Prietto brillaba como un santo grial sobre el escenario. Una línea de bajo asesina hizo mover todas las cabezas de arriba abajo mientras que el ritmo de la percusión y la batería se unían con el sudor cadencioso de la danza tribal. En el fragor de los gritos y los aplausos, “Noches de verano” y su nostálgico riff empezaron a sonar. La voz entrecortada y suplicante, como quien le pide perdón al pasado, fue acompañada por todas las voces que colmaban el local.

Luna llena” y “Huracanes”, con su envolvente atmósfera ácida, siguieron a continuación. Como una advertencia, Prietto dio las gracias una vez más y un unísono coro del público que gritaba “no te vayas” anunciaba el inicio del fin. “Perro viejo” y su bluesero riff enloqueció a la gente. Todos siguieron con las palmas la canción, bailando desenfrenadamente como un espíritu salvaje frente a la hoguera.

A pesar de los gritos afónicos, tras una genial y emotiva interpretación de “La rueda que mueve al mundo”, el concierto había terminado. La rueda que mueve al tiempo avanzó sobre la noche y cayó sobre la esquina de Grau con Martínez de Pinillos. Y dejó tras su paso gritos eufóricos y un humo blanco sobre el escenario en el que Los Espíritus se desvanecieron.

Crónica por Juan Carlos Barandiarán. Fotos por Fabio D. Miranda

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