Llego a la Sala Raimondi un poco tarde, quizá 10 minutos, con Kinder ya en el escenario, y el aire dentro del local es de primera o segunda canción, de set que acaba de comenzar. Un vistazo a la banda encuentra las pautas visuales que lo confirman. Esta no es información que se pueda poner en palabras, pero es conocida a cualquier persona asidua de ir a conciertos. El tránsito no es libre por todo el local; hay rejas restringiendo el acceso al corredor de la izquierda donde suele estar habilitada una barra. El personal escaso y secciones apagadas del local producen un ambiente inceremonioso, como si el local se dejara habitar por el concierto pero no participara de él.

Kinder es una banda que no se asoma a menudo, pero cuando lo hace, suele ser para añadir una condecoración más a su CV como banda, sea viajar al Forever Alone Fest en México, tocar con The Cure o tocar con Battles. No solo eso, si no que la elección de Kinder para Battles es más acertada que nunca por el parentesco de las bandas dentro del cosmos del rock. Despojándonos de fastidiosas etiquetas – math rock, post rock, experimental – tenemos a dos bandas fundamentalmente de ritmo, de texturas y de un acercamiento cerebral a tejer la música.

Lo maravilloso de Kinder es cómo navega estos géneros sin caer en ninguna de sus trampas; están los parajes sónicos del post-rock sin sus arrastres letárgicos; en su lugar hay ritmos propulsores y constantes. Están los sonidos fracturados o hiperactivos del llamado math o emo-math, pero no al punto de oscurecer cualquier protagonismo. Están los ritmos desde motorik hasta jungle y todos se dejan seguir.

Esto fue lo que Kinder entregó al público a lo largo de un set predominantemente dedicado a su álbum más reciente, Migraciones (2016), todo con una mezcla de sonido espectacular – no es poca hazaña lograr una mezcla balanceada para tres guitarras sin que se pisen los talones. No he escuchado a Kinder sonar mejor, más compacto ni más infalible que anoche, sobre todo con flamante nuevo bajista y baterista (cuyos nombres no tengo, las disculpas del caso). Está como para decir que hay banda(s) peruana(s) que le pueden hacer el pare a quien sea que teloneen.

La historia no es tan alegre con Battles, desafortunadamente. El ahora dúo compuesto de Ian Williams – ex Don Caballero, guitarra y teclados – y John Stanier – una mole de baterista, ex Helmet – ha enfrentado la partida del bajista Dave Konopka redistribuyendo las responsabilidades entre los dos miembros restantes. Tras instalarse y plomearse solos, y después de una pausa prudente, el dúo subió al escenario frente a un local lleno – ahora sí, por suerte – y comenzaron el set de manera desapercibida con «Fort Greene Park«, tema perteneciente Juice B Crypts, álbum que sale mañana, al momento de escribir esta crónica.

Fue un poco difícil a lo largo del concierto entrar en el lugar mental de estar en un concierto. Las canciones se sucedían sin mayor eventualidad hasta que fue posible determinar la causa del mal: el sonido. La batería era lo que más se escuchaba. Nada en contra de ello, Stanier es un monstruo y solo ver la pasión y fuerza con la que somete su kit es suficiente entretenimiento. Pero, para música que está basada en un entretejido preciso de samples, sintes, efectos y ocasionales punzadas de guitarra lo-fi, la ausencia de estos elementos puede desorientar o hacer difícil reconocer los temas. No ayuda que el set estuvo dedicado más que nada a temas del nuevo álbum, como la ya mentada «Fort Greene Park«, «Last Supper on Shasta«, de dos partes, o incluso el tema de cierre, «Ambulance«, que aún no están disponibles en plataformas.

Esto no quiere decir que la banda dio un mal show y no quiere decir que se aguó la fiesta del público; la mitad delantera de la audiencia saltaba con la música y coreaba donde cabía, como en «Ice Cream«, un asunto festivo de onda soul o afro-pop con teclados refritos y guitarra glitch. Por el sonido era difícil discernir las pistas de voz que acompañan la música, pero los asistentes se encargaron de suplir esta carencia. También en «Atlas«, con su pulso crepitante de tambores y tensión prolongada, se experimentó lo más cercano a un momento climático.

Lo rescatable es que Battles no es una banda lírica, no es una banda de canciones. Para el fan confeso, el oyente casual o incluso el ignorante (como yo), Battles es escuchable y disfrutable sin hacer la tarea, escuchándolo como se escucha noise, electrónica, o música de ambiente: dejando entrar el sonido sin buscarle una narrativa. Si bien un poco más de volumen a las pistas hubiera ayudado, me encontré moviendo la cabeza, pies, o en todo caso bailando en momentos insospechados. Tal es la fuerza rítmica de la banda.

También hay que decir algo sobre la humanidad que exhibieron los músicos en el escenario. Fue entrañable el contraste entre la pasión ejercida al tocar y el costo visible de ejecutar la música con un miembro menos. Luego de finalizar el show de manera imprevista y sin encore, los miembros de Battles salieron a encontrarse con su audiencia para hablar con cada persona y firmar cada vinilo que se les pusiera delante. Grandes seres humanos.

Crónica por Nicolás del Castillo. Fotos por Daniel Hernández

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