Fito Páez cantaba «La Ciudad liberada», pocos lo escuchaban. Cansado por la impuntualidad –el show comenzó hora y media tarde–, porque ya no había donde sentarse, el público rugía: «¡Volumen!, ¡volumen!» Desde su piano de cola, el rosarino quedó desconcertado ante esa avalancha a punto de sepultarlo y de inmediato levantó la mano con los ojos puestos en la zona de técnicos. La situación apenas mejoró. Otro griterío salvaje: «¡Volumen!, ¡volumen!» Y recién hubo mejoría. Los “ooohhhhh” lo confirmaron. Entonces Fito paró todo. Vamos a comenzar de nuevo, dijo, y fue ovacionado por las más de cinco mil personas que llegaron anoche al Anfiteatro del Parque de la Exposición.

“Porque todos los hombres seamos mujeres al menos un segundo”, entonaba el argentino, mientras su zapato rojo, debajo del piano, saltaba al ritmo del beat. ¡Su talón sí que es un metrónomo humano! “Todo el mundo en las plazas con banderas gritan que no haya ni una menos. Crimen no es pasión.  Ajústate el cinturón, boy”, continuó cantando quien, con su más reciente álbum, La ciudad liberada (2017), se ha convertido en una especie de activista LGBT. No en vano, en la portada de dicho disco Fito se muestra desnudo, andrógino. Quizás por eso una pareja de chicas se abrazaba y besaba a mi lado con naturalidad.

Lima estaba siendo liberada.

Me ilusiona que el de Rosario haya decidido lanzar 18 tracks y hablar de realidad social, cuando vivimos en la época del ‘single’, cuando las letras románticas o plásticas son garantía de éxito, cuando el rock latinoamericano se va quedando sin referentes políticos. La ciudad liberada es rebelde como un manifiesto comunista, y una obra de arte que respeta los intelectos de su audiencia. Vamos, no es el «Shaky, shaky, shaky…» Tampoco Silvio Rodríguez. Fito te hace bailar narrándote la miseria, ataques nucleares, pesadillas, y no sólo por las bases rítmicas de sus canciones, también porque se nota su esfuerzo por mantener en lo alto a sus músicos, se mueve con harto groove, y eso contagia a grandes y chicos.    

Dicho sea de paso, me sorprendió estar rodeado de muchos jóvenes de mi edad, nacidos en los noventa. Me preguntaba cómo habrá sido su primer contacto con Fito. ¿Padres?, ¿radio?, ¿Internet? Lo cierto es que el concierto fue auspiciado por radio Oasis, y una chica pasó por las graderías obsequiando un imán que abre botellas de cerveza. Creo que un mejor regalo sería que la 100.01 FM transmita lo nuevo de artistas como Páez…

Volvamos a la presenta. Tras una serie de estrenos, Lima recibió dos hits: «11 y 6» y «El amor después del amor«. Imposible no pensar en la película No se lo digas a nadie. Incluso vi a algunas chicas bailando como la actriz española Lucía Jiménez, je… Si bien aquí Fito no se lució en el canto, destacó la participación de la rubia corista Anita Álvarez de Toledo, con un vozarrón que despeinó a varios.

Por ratos, el gaucho improvisó en las letras y citó a sus compatriotas Fabiana Cantilo, Luis Alberto Spinetta y Charly García. De hecho sus melodías dialogan. Los instantes inaugurales de «Tu vida, mi vida» recuerdan a ese temón titulado «No soy un extraño» del fundador de Sui Generis. Y, ¡ah!, cómo no pensar en Spinetta cuando el escenario se oscureció y Fito quedó a solas con Lima, vestido con un terno de terciopelo azul, que no ocultaba una llamativa pancita, y presentó una pieza que habla de una pareja que vive en un planeta destruido, irradiado, contaminado; esta pareja que, a través de una memoria RAM, trata de conocer el amor, oculto en el centro de la Tierra (donde sus raíces quedarán, según Calamaro); pareja que, finalmente, es víctima del segundo Hiroshima.

Muy interesante. Esta poesía apocalíptica se ganó los aplausos, y Fito agradeció el respetuoso silencio.

Opuestamente a sus fantasías destructivas, acto seguido Páez le cantó al amor con el clásico «Tumbas de la gloria«, e interpretó temas que parecían parte de un ritual de agradecimiento, como «Plegarias«. Sin duda, Fito ha compuesto rolas para las que se necesita estar en un estado de gracia divina.

Hasta ese punto el rosarino estuvo enchufadísimo, algo que personalmente valoro. Es de esos que te regalan recitales únicos, no repetidas noches de gira. No obstante, la atención del público multitask decayó, a lo que el cantante le pidió a su banda que dejase de tocar, e interpeló a los peruanos: “Se terminó, ¿no? Nos vamos. Están apagados. Nos vamos”.

Y, obviamente, la gente aulló que no.

Fito siguió con «Se terminó«, canción que habla del fin de la amenaza marxista o del triunfo del capitalismo y sus consecuencias: “Se terminó, se terminó. Perdieron todas las apuestas los cantores de protesta, al final el reggaetón mueve el mundo. Se terminó, se terminó. Tocan los Rolling en la Habana y la revolución cubana pega un giro más hermoso y profundo”.

En la línea final, otro guiño a Charly García, con una parafraseada de «Mr. Jones«: “Para vos, Charly, yo no me como la cabeza… Abrí la puerta del ropero, vi a mi mami recién muerta y la sangre del chaleco me limpié”.

Pero nada había acabado (o bueno, sí, los temas nuevos), y Páez y compañía arremetieron con un aluvión de himnos. «Al lado del camino«; «Circo Beat«, en el que se puso de espaldas, al costado de su corista, y contoneó sus caderas; «Brillante sobre el mic«, momento onírico en que los espectadores alzaron sus teléfonos en modo linterna, dando la impresión de que Fito cantaba a cinco mil almas luminosas, a cuerpos celestes made in Perú; «Ciudad de pobres corazones«, potentísima, un viaje a 1999, con Cerati y García acompañándolo; «A rodar mi vida«, acelerado ritmo que animó a un chico de rulos a quitarse el polo y a revolotearlo, mientras saltaba como si estuviera en la Trinchera Norte; y «Dar es dar«. Lo diré de nuevo: «Al lado del camino», «Circo Beat», «Brillante sobre el mic», «Ciudad de pobres corazones», «A rodar mi vida», «Dar es dar». ¿Qué más podía pedir un seguidor de radio Oasis?

Mariposa tecknicolor.

Debo admitir que ya me aburrieron los “clásicos”, los he dejado de escuchar hace mucho y, caramba, qué buena elección, porque anoche disfruté de ellos como la primera vez. Y de todas maneras prefiero oír a Fito en vivo que en álbumes en estudio. Verlo es toda una experiencia. El tipo transmite, llega a tus orejas, las acaricia suavemente. Tiene el don de darte escalofríos, de ponerte la piel de gallina. Y qué privilegio oír su acento argentino siseando “tooodoos yiiraaan y yiiiraaaaaan”, y ver a todos saltando felices –llenos de dolor–, disfrutando de la vida sin una estúpida razón, con las pupilas hinchadas de pura vitalidad, de éxtasis, y luego oírlo decir, con un timbre y una entonación tan suya: Graaacias, Liiimaaah.

Gracias, Fito, por dar alegría a nuestros corazones, por acordarte de Chabuca Granda. Me encantaría decir que hoy sólo te vuelvo a ver –hoy se presenta otra vez–, pero algunas cosas es mejor guardarlas en el cajón durante un tiempo para que no pierdan su magia.

Vuelve pronto. En esta puta ciudad siempre serás como el amor después del amor.

Crónica por Luis Francisco Palomino. Fotos por Mireya Molero Denegri.

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