Después de ver a Salim rompiendo un parante de micrófono durante toda la semana, incluso en programas de chismes, me preguntaba si sería capaz de estar quieto y de sacar adelante un show acústico de Libido en el Gran Teatro Nacional, acostumbrado como nos tiene a sus alocadas performances.

Por si acaso, me tomé un café.

El telón se abrió a las 8:05 y la banda inició su presentación con «Frágil«, con tres músicos adicionales en las cuerdas –violines–, un percusionista y otro en los teclados. La interpretación fue casi un calco de la versión del Pop*Porn, y eso sería una constante en lo sucesivo. Hubo poco riesgo en alterar los ritmos. La apuesta fue por la prolijidad interpretativa, y definitivamente hubo poquísimos errores, a diferencia del desenchufado en el Peruano Japonés, catorce años atrás.

El segundo tema habría sido una sorpresa si no se hubiera repartido programas con el setlist. «Mal tiempo«, del primer disco, fue tan refrescante para los oídos como el aire acondicionado para el cuerpo. Desde las butacas, era raro ver a Manolo, Lucho y Juan Pablo sentados, y a Salim de pie, con camisa, pantalón y zapatillas blancas. El tono del cantante se afianzaba, pieza tras pieza, y se evidenciaba que la clave del éxito de Libido es cincuenta y cincuenta: voz y composición.

Como si la realidad fuese una broma infinita, el público continuó entrando al teatro entre canciones –el karma de Daniela Darcourt–, y Salim no desaprovechó la oportunidad para hacer la mímica de la destrucción de un parante (no apta para feministas): la representación del meme más popular en estos días.

Salim Moon.

Musicalmente, «Hembra» fue una de las cumbres del show. Con una textura similar a la del unplugged de Soda Stereo, los sonidos se metían por los poros, provocando cosquillas en el instinto, estremeciendo, mientras Salim gemía sobre el escenario. Soundtrack preciso para hacer el amor.

Aplausos, y una mujer destacó la entrega del frontman: “Siempre canta con sentimiento”.

«¿Cómo estás?» alcanzó otro pico. De hecho, la onda fogatera de Jeffry Fischmann, autor de dicho track, se compenetra muy bien con el formato acústico. «Estoy tan gris«, otra de sus composiciones, también se disfrutó, como catar un vino caro. En realidad, lo de anoche fue una especie de prueba de resistencia, en la que los temas “menos conocidos” de Libido se impusieron sobre los clásicos. Es que… ¿cómo volver a oír «En esta habitación» si nos la sabemos mejor que el himno nacional en la formación del colegio por culpa de esas radios que son como ataúdes y que ya no le hacen un favor a nadie?

Casi al final de «¿Cómo estás?«, los miembros del club de fans se integraron al espectáculo. Desde la primera fila, alzaron unas letras con luces led, formando la palabra Libido. Fue muy emotivo, y los gritos de la mezzanine erizaron más de una piel –¿alguien más lloró?–. Este lazo seguidor/artista es curioso, pues Salim ha insistido en que sus decisiones musicales las toma pensando en él y no en su gente. Pero esa capa se disolvió ayer, y el vocalista agradeció en más de una ocasión a los chicos de Libido Rock. Y cuando fue el turno de «Pero aún sigo viéndote«, saltó del escenario y caminó entre las butacas del teatro, recibiendo el cariño de los asistentes, y coqueteó con un par de chicas, al mismo estilo de fines de los noventa, cuando las jovencitas mandaban cartas al reality Vale la pena soñar para que Vera les cantase y les cogiera la mano. A sus cincuenta años, se las sabe todas.

La segunda parte del recital incluyó varios temas de su última placa, Amar o matar, y ciertamente decayó en su intensidad. Los mejores minutos se dieron cuando la banda se la jugó, aumentando el volumen del bajo en «Llévame» –onda «Estrechez de corazón»– y dándole un beat galopante a «Sin rencor«. Un reconocimiento extra a los instrumentistas de Libido, que en las partes fuertes funcionaban como una maquinaria hipnótica. Y en esos tránsitos, el cantante olvidaba que estaba en un teatro, en un acústico, y se jalaba de los pelos, saltaba y gesticulaba como es habitual en sus presentaciones (el rock and roll, según Salim Vera), y, de hecho, desde la silla del espectador, la experiencia de este desenchufado de Libido también fue, podría decirse, represiva, porque daban ganas de alzar los brazos, de gritar, pero… había una abuelita al costado.

Un cartel negro llegó a los pies del cantante. Las letras rojas decían: «Así es el rock and roll, cariño«. Salim reflexionó: “No rompan micrófonos, se pueden meter en problemas”. Luego, cambió de opinión: “¡No! ¡Rómpanlos todos!”.

Ovación.

Casi dos horas de música iban a terminar con «Libido» de Libido, pero ante los “otra, otra”, la banda complació a su fanaticada y regaló «Ojos de ángel«. Ahora sí, todos de pie.

En síntesis, fue un concierto de exigido nivel de producción, sonido limpio, envolvente, pero que hubiera ganado más puntos con la experimentación del quinteto (talento tienen). No obstante, creo que una fecha quedó chica. Con gusto llevaría a mi mamá, a mi hermana, o a uno de mis amigos reggaetoneros que piensa que el rock es pura bulla, para que cambie de opinión. Como dicen, un espectáculo para toda la familia.

Ah, Salim lo hizo otra vez. Incluso la abuela se divirtió.

Crónica por Luis Francisco Palomino. Fotos por Diego García Cadenillas

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