Noche futbolera la que le tocó a Norah Jones en su segunda visita a nuestra capital. Al lado, en el Estadio Nacional se disputaba el Alianza Lima-Cristal y los cánticos de la barra de los de La Victoria se hacía sentir ni bien cruzabas el umbral del Parque de la Exposición. Cerré los ojos y quise imaginar que en algún mundo posible esos gritos iban dedicados a la hija de Ravi Shankar.

Ya acomodado en el Anfiteatro, llegó el turno de Jesse Harris, otra vez teloneando a Norah Jones como en aquella inolvidable noche del 2012 en el María Angola. El músico se hizo acompañar solo de un baterista logrando una onda bastante íntima. Al inicio, no la tuvo nada fácil con su misión de calentar la noche ya que mucho público aún continuaba ingresando al recinto y otros tantos conversaban en un tono que distraía lo que venía a ofrecer el cantautor. Pero mientras fueron transcurriendo los minutos, las buenas intenciones convertidas en canciones de Harris calaron en el público y muchos ya aplaudían y celebraban al buen cantante folk, amigo personal de la protagonista de la noche y creador de muchas de sus más celebradas canciones, entre ellas “Don’t Know Why” de su álbum debut, ganadora a mejor canción en el Grammy del 2003.  

Perdón por la tardanza pero la culpa la tuvo el tráfico del fútbol” decía Norah Jones entre las risas nerviosas del público luego de iniciar con “Just a Little Bit” casi a 20 minutos de la hora estipulada por la productora. Un aura especial que rodea a la cantante haría que la esperáramos toda la noche sin reproche. Esa cosa mágica o “presencia dulce”, si cabe el término,  se apodera del aire una vez que pisa el escenario y hechiza a todos con alguna mirada o gesto cómplice. Pienso que quizás eso fue lo que encantó al maestro Wong Kar-Wai cuando la hizo protagonista de la notable My Blueberry Nights, en su debut en el cine, cuyos resultados se lo deben a su presencia.

Ataviada con un vestido de flores de ánimo informal, todos celebramos alguna intervención suya asi sea un agradecimiento en español que seguro aprendió detrás del telón que la acobija, a ella y a sus dos músicos: en la batería Brian Blade, músico asociado a figuras como Wayne Shorter o Joni Mitchell y en el bajo y contrabajo, Chris Thomas. A veces, pareciera que Norah hace algo distinto en el piano durante una canción para desafiar a sus músicos, en especial con Blade, quién solo esboza una sonrisa cuando sale librado del reto.

Jones es encanto, cómo no, pero sobretodo, mucho talento. Y lo demostró seduciendo con su melancolía durante “Nightingales” y “Those sweet words”. Luego “Begin Again” del álbum del mismo nombre que lanzó este año y que venía a presentar. La esperada “Sunrise” fue coreada por el tímido público. Empuñando la guitarra, fue tras “Waiting”, la siempre hermosa “Come away with me” y “Little Broken Hearts”. Regresó al piano con “My heart is full” y un cover de Danger Mouse, “Black”.

Su voz aterciopelada recrearía maravillosamente el hit “Don’t Know Why” seguida luego de la demoledora “Don’t be denied” del maestro Neil Young que en su voz sonó como propia. Se despidieron para volver con dos canciones de su álbum debut: “I’ve Got To See You Again” y cerraron con la bella “Turn me on”. Público de pie para despedirla definitivamente y esperando un pronto regreso. Gracias Norah, todo fue sublime.

Crónica por Álvaro Torres. Fotos por Sebastían Pesadilla.

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