El piso tiembla, la gente mira al cielo en busca de aviones. Esto parece Dunkerque en 1940. El sonido ambiental aumenta, la pantalla titánica sangra. El fin del mundo. Las luces disparan, veinticinco mil almas gritan y 3…, 2…, 1… ¡Despegue!: la nave de Roger Waters flota en el espacio, estamos a salvo de la violencia fascista en el espacio.

Breeeeaaathe… Breathe in the air…

Con su bajo, Roger remece los cimientos de uno de los estadios más grandes de Latinoamérica. El británico va de un lado a otro llevando su Fender Precision: un artillero y su escopeta. Su toque sobrio, una o dos notas por compás, se realza con el vestuario de luto que también lo acompaña en esta gira –Us + Them–, iniciada en mayo del 2017.

La puesta en escena sorprende, sincronía total: Roger alza un dedo y, ¡boom!, cae un rayo. Las alarmas suenan y en la pantalla, que cubre el ancho de la cancha, cientos de relojes anuncian la siguiente canción: “Time”. Casi dos minutos de preámbulo con tambores y la ansiedad se libera al frasear: Ticking away the moments that make up a dull day…

Sí, un día te darás cuenta de que hay diez años atrás de ti… Once, exactamente, desde la primera visita del bajista de Pink Floyd, el primer gran artista intercontinental en tocar en nuestro país. Hay un antes y después de Roger Waters en la agenda de conciertos del Perú. Tras él vinieron casi todos (Iron Maiden, Aerosmith, Metallica, KISS).

Welcome, my son. Welcome to the machine… Where have you been? What did you dream?

El sintetizador se mueve circularmente, como la vida. El padre de 75 años, una década más sabio, se reencuentra con el hijo que ya creció, un hijo agradecido que lo homenajea: ¡Oooleeeeeeé, olé, olé, oleeeeé, Rogeeer, Rogeeer! El bajista se toca el corazón con la mano que pulsa los trastes de su instrumento. Esta noche es especial. Lo puede sentir, acota. Su semblante de adulto mayor lo hace aún más entrañable.

Personas de todas las edades, incluso de diferentes nacionalidades, han venido a verlo. Algunos descubrimos a Pink Floyd por MTV, otros por Disco Club, por la mamá, un primo, una ex novia, por Wikipedia, Spotify, da igual: en el ocaso de la vida humana, Waters nos regala a todos una fecha inolvidable. Niños trepados en los hombros de sus progenitores lo contemplan. Viejos amigos reviven antiguas fotografías de la época del pelo largo. Las parejas de enamorados se abrazan, desconocidos se encuentran casualmente (y yo soy tú y a quien veo es a mí, y te tomo de la mano). Cada uno de los presentes sabe que este momento no se negocia, que Roger es una leyenda del arte, un nombre que seguramente llegará al siglo XXII.

Con Pink Floyd hizo de todo, incluido un concierto volcánico. Y cuando “Bohemian Rhapsody” ni siquiera estaba en la conciencia de Freddie Mercury (otro gigante), Waters ya había grabado canciones de veintitrés minutos de duración.

The Great Gig in the Sky”, y El bajista presenta las nuevas pistas de Is this the life we really want? (2017). Hay que ser Roger Waters para hacer un álbum dignísimo a los 74. Si yo hubiera sido Dios, habría reorganizado las venas del rostro para hacerlas más resistentes al alcohol y menos propensas a envejecer, canta el genio en “Déjà Vu”.

Si yo hubiera sido Dios, habría engendrado muchos hijos y no habría permitido que los romanos mataran ni a uno sólo. Si yo hubiera sido Dios, con mi vara y mi cayado, si me hubieran dado autorización, creo que pude haber hecho mejor su trabajo.

Sin duda, Roger, lo hubieras hecho mejor. Y si yo hubiera sido Dios, serías inmortal.

La noche avanza con la guitarra acústica abriendo “Wish you were here”, y la masa se estremece. En este instante no puedo dejar de pensar que el músico pidió abaratar las entradas a cinco dólares para que nadie quedase fuera (lo cual no ocurrió). Oigo su vozarrón, una ola de mar inundando mis tímpanos, y quisiera tener un disco duro casi infinito en el cerebro para guardar para siempre los detalles de hoy, para contárselos a aquellos que ¡cuánto quisiera que estén aquí! No pocos lloran, tal vez con los mismos sentimientos de felicidad y tristeza mezclados en el pecho.

Una ironía: Waters transmite un mensaje anticapitalista y varios no pueden disfrutar de su espectáculo por falta de dinero. Bueno, nada más que otro ladrillo en la pared…

Doce niños con pasamontañas y mamelucos anaranjados –de prisión gringa– se plantan delante del escenario y la banda entona su canción más radiable en la capital: “Another Brick in the Wall”. Poems, everybody!, pasan por mi mente las escenas de Pinky y su profesor, esos infantes que serán procesados, convertidos en paté, esas cárceles que son algunos colegios, esas fábricas de embutidos que son ciertas universidades. Los trajes de reo caen, polos de Resist saltan a la vista.

Así concluye la primera parte.

El muro digital titila: Resist Mark Zuckerberg. Resist Putin. Resist Bolsonaro. (Resist Graña, faltó).

El pelo cano de Waters regresa entre aplausos. Es turno de los diecisiete minutos de “Dogs”. Una fachada emerge del suelo, cuatro columnas crecen lentamente en la pantalla y finalmente la traspasan, penetran el cielo limeño, humean: el escenario se transforma en una fábrica que dialoga con la Battersea Power Station, portada del disco Animals. Un chancho se instala en un rincón. Alucinantemente, el solo de guitarra hace viajar a la infraestructura por el cosmos –el trabajo audiovisual es una delicia–, las notas salen de las cuerdas agudas como cuchillas.

Roger corre a la parte derecha del proscenio y levanta un cartel que dice FUCK THE PIGS! Dos montículos se endurecen en sus bíceps, evidencian su buena salud. Inmediatamente, brinda con su orquesta y todos beben una copa.

Donald Trump –“un millonario imbécil que determina el rumbo del planeta”– protagoniza la siguiente pieza, “Pigs”, mientras los peruanos esperan el anunciado “Fujimori nunca más”. El mensaje no se enuncia, pero un cerdo enorme, rojizo como las mejillas del presidente norteamericano, sale de un costado y sobrevuela Lima, con un “Sean Humanos” inscrito con tinte negro.

El bombardeo lírico continúa con “Money”. Roger Waters: guerrillero antisistema. Un estallido interrumpe la canción. Ruidos se oyen por todas partes. El sonido cuadrafónico en los conciertos –Pink Floyd fue pionero en su aplicación– parece obsoleto. Los parlantes, dispersos en distintos sitios del Monumental de Ate, generan tensión, paranoia.

En tu mundo nadie gana, se lee en el muro, y la bomba atómica explota a blanco y negro, a decibeles que en 1945 costaron 150 mil muertos (el papá de Roger murió en la guerra, en 1944). La caja registradora da paso al saxofonista, quien eleva la canción a un nivel extático. El bajista habla con sus seguidores: “Nos salvamos de ser destruidos por las armas nucleares. No lo permitamos más”.

Siguen “Us and them” y “Smell the roses”.

En algún momento, los longevos brazos del músico cuelgan de una cadena, extendidos, unidos por la muñeca. Su cara de abuelo expresa el dolor de un mártir en la cruz. Este 17 de noviembre Waters es Dios. Todos las idioteces de la humanidad tendrían que perdonarse por él. Cada obra suya es tan redentora como un martillazo, como un clavo.

Una pausa y Roger cuenta que en el 2007 anotó dos características del país que llamaron su atención, las comparte tal cual. “No discriminen a los indígenas peruanos y no se rindan ante los corruptos”, dice, y seguidamente confiesa que en su cocina se luce el regalo de un compatriota: un cerdo de cerámica con las frases del primer concierto en Lima.

El Perú en la casa de Roger Waters.

Brain Damage” es otro pico glorioso. De pronto, una porción de la zona frente al escenario es cubierta por un prisma inmenso, hecho de rayos de luz, el mismo prima del Dark Side of the Moon. Es magia. Waters ha sacado la música de la música, hace realidad sus conceptos y así nos atrapa. Waters tiene el don de concretar lo imposible.

Y aquí estamos miles con la boca abierta dentro de esta figura geométrica que simboliza la locura, aquel lunático que está en el gras del Monumental, el lunático que habita en nuestro inconsciente. Es raro decirlo, pero en esta etapa de su carrera el bajista se encuentra más cerca del lado brillante de la luna que del oscuro, es pura lucidez, una flecha que atraviesa la cotidianidad para descomponerla en sus partes más significativas. Un sujeto extraordinario.

La última es “Comfortably Numb”, por si quedaban dudas…

Roger Waters es más grande que Dios.

Crónica por Luis Francisco Palomino. Fotos por Miraya Molero Denegri.

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