¿Pero qué clase de brujería es esta?, me preguntaba al oír el pegajoso riff de “Love me“, tratando de mantener la compostura de periodista que se respeta, al estilo de Augusto Thorndike, de Cuarto Poder, que también estuvo entre las más de cinco mil personas que llegaron anoche a la Costa Verde para ver a The 1975.

Metidos en una de las cuevas de los Domos Art, los cuerpos se contoneaban con pasos copiados de algún bailarín de apoyo de Bruno Mars, mientras Matthew Healy, el cantante optimista del siglo XXI, esta versión británica y heroinómana de Nick Jonas, este nuevo ídolo indie de las chicas limeñas alzaba sus manos con una delicadeza inusual, como si estuvieran hechas de un material extremadamente frágil, susceptible a la fractura al más mínimo movimiento brusco.

Vayan para atrás, no se peguen a la baranda. Para atrás, para atrás”, repetía el inglés, vestido con un acampanado pantalón verde agua y una camisa negra desabotonada en el cuello. 

La canción terminó y la fanaticada, de nuevo contra la reja, casi me rompe los tímpanos con sus chillidos, tan insoportables como un baterista que le pega con odio a sus tambores durante un ensayo cualquier. Por fortuna, Matty no estuvo muy locuaz, creo que en ningún momento habló más de treinta segundos seguidos, y el grupo continuó de inmediato con su setlist, con interpretaciones tan prolijas como en sus álbumes de estudio.

Precisamente uno de los puntos a destacar en The 1975 es su sonido. No sé cómo lo logran, pero hasta el platillo del baterista es capaz de generar atmósfera, una sensación envolvente, suaves ondas sonoras que te empujan y te jalan hacia los amplificadores, como el mar. Las guitarras, sin ser ruidosas, se sienten siempre, y el bajo sostiene la línea melódica del grupo, le da peso, textura.

Matty, dueño del micrófono, enuncia los discursos de los millennials con sobriedad –celos cibernéticos, sensación de vejez antes de los treinta, tensiones sexuales–, pero debo decir que, a pesar de ser un vocalista pro, ayer no llegó a forjar una conexión intensa con el público. O no conmigo. Sé que cada quien vive estas experiencias a su modo, pero A MÍ me hubiera gustado que, muy aparte de ponerse de capa la bandera del Perú, de recibir una bandera LGTB, este frontman británico demostrase –no sé cómo– que la noche en Lima era tan especial para él como para una fan que lo sigue desde hace cinco años; que, aunque todos sus conciertos tengan el mismo diseño, hiciera algo para que el 25 de marzo de 2019 se diferenciase de las otras fechas: que me diera un recuerdo distinto al del mexicano, al del paraguayo o argentino.

Pero es un detalle muysubjetivo, hasta caprichoso.

Como fuere, supongo que Matty cumplió con lo que la mayoría esperaba de él. Ciertamente, el ganador de los Brit Awards 2019 se mete en tus oídos con su voz de niño al que es imposible decirle no, y esa particularidad encaja con su tórax flaco, con su cabeza desordenada de chico huérfano –“you’ve got a pretty kind of dirty face”–. A sus veintinueve años –a días de los treinta– posee la ternura que le falta a este mundo. Y el feeling nostálgico de ciertos temas de The 1975 se inserta debajo de la piel con sus agudos desolladores. Oír a Healey tiene su equivalente visual en la cara de cachorro abandonado que pone tu flaco cuando le quieres terminar. Por eso, la sentimental Robbers puso a corear hasta al más negado.

Por cierto, en el recital se dejaron ver músicos nacionales de distintas canteras: miembros de Terreviento, Diazepunk, Outsaiders, Riviere, etc. Y seguramente porque Matty es un intérprete versátil. Puede rapear como Mike Patton, hacer una balada a lo Ed Sheeran e imitar los pasos de Michael Jackson en una coregrafía. Puede gustarle a una chica que va a tonear a Awua como a quien poguea con Gx3. Y su música es igual de ecléctica. Aunque hay una tendencia hacia lo rock/pop y urban, estos británicos parecieran el resultado de meter en la licuadora a Phil Collins, New Kids on The Block, New Order, The Outfield, Duran Duran, Justib Bieber, Spice Girls y Drake. Y no es una idea descabellada si se tiene en cuenta que Healy vive obsesionado con la música. Es una esponja que absorbe ritmos de todas partes. En consecuencia, a The 1975 no le se puede encasillar en un solo género, pero me atrevería a afirmar que satisface a un sector descuidado por los rockeros: el de los que gustan del rock, de su esencia, pero que también quieren bailar y descansar los pies con una balada.

Así, tras una seguidilla de temas que les serían útiles a un DJ de discoteca a las once de la noche o a una tienda de ropa por departamentos, la lenta “I always wanna die (sometimes)” cayó del cielo o de esa pálida y gigantesca luna que nos vigiló anoche. Esta fue la pieza número diecisiete. A continuación, los 1975 desaparecieron. Y Matty salió solito al proscenio, tocó “Be my mistake” acompañado de su acústica –entre cuchicheos incómodos– y, después de los aplausos, los instrumentistas volvieron a su lado.

En la penúltima, “The Sound“, Matty pidió que nadie se quedara sin saltar. Y el Perú obedeció, creo que con la misma euforia que cuando se brinca “La guitarra” de los Auténticos Decadentes en una fiesta de promo. Sólo que había mucha más gente de la que puede haber en cualquier quinto de secundaria…, y aquel instante se transformó en un recuerdo inolvidable.

Well I know when you’re around ‘cause I know the sound 
I know the sound, of your heart…

Y esa es la foto que he elegido para la carpeta de The 1975 en mi memoria: el flash disparado contra un grupo que domina a la masa y que por unos minutos puede poner tu cerebro completamente en blanco y hacerte feliz.

Crónica por Luis Franisco Palomino. Fotos por Raúl Umeres