Cuando The Adicts vino en el 2016 nos trajo un show lleno energía y teatralidad que parecía irrepetible, pero contra toda adversidad, lograron hacer una entrega superior. El Embassy ofreció un espacio más íntimo que el centro de convenciones del primer concierto. Esta vez la distancia entre banda y público fue reducida a unos metros y una interacción entre público y banda bastante distinta.

Tras presentaciones solidas de El Terrible y los Cenobitas, Dukeminds y los Aeropajitas, el Embassy se empezó a llenar de todos los punks que estaban esperando afuera hasta que finalmente llego la van con The Adicts. Varias personas agarraron un espacio en primera fila para estar a dos metros de las bandas y no la soltaron en ningún momento; ni siquiera en el intermedio de 40 minutos entre Aeropajitas y The Adicts, en el que solo sonaron pistas de Ramones al cual la mayoría de las personas coreaban en espera del show principal. Finalmente, los Ramones regresaron a la tumba y la clásica introducción del soundtrack de La Naranja Mecánica anunció que los droogs estarían iniciando pronto.

En efecto subieron con Kid Dee parado en si asiento tocando los platillos para incrementar la desesperación del público al no ver a Keith Warren, alias Monkey, pero lo bueno se hace esperar porque una vez subido al escenario no rompió personaje por un segundo; ni siquiera cuando alguien se trepo al escenario desde el backstage y le quitó el micrófono. Desde que arrancaron con «Let’s Go» fueron un circo. Lo que siguió era algo salido de alguna película o serie de zombis, ya que mientras Adicts tocaba disparando confeti, cartas, juguetes y una miscelánea de otros implementos de carnaval el público solo quera un pedazo de la banda. Al lanzar naipes con «Joker In The Pack» el público se empujaba a muerte no por pogo sino por atrapar un 3 de corazones o un 10 de diamantes.

Durante «Tango«, Monkey bailo con un paraguas lleno de serpentinas que el público intento robarle en más de una ocasión, hasta que al fin cedió y decidió pasarlo a las manos estiradas que inmediatamente despedazaron el paraguas en mil pedazos inútiles de lo que alguna vez fue un aislante de lluvia. Así siguió con cada objeto entre los cuales estaban: un oso de peluche, tirando un gorro en forma de cerveza (lleno de dos latas de Pilsen, que tiraron durante «Who Spilt My Beer?«), dos monos de peluche, un sombrero de plástico, una pandereta de plástico que fue destruida en escenario, dos cajas de comida china (para «Chinese Takeaway«) y las tiras sudadas de lo que fue una camisa.

Tras cerrar el set con «Viva la Revolution» y «You’ll Never Walk Alone«, dejando altos ánimos, la dedicación al público no acabo. Quienes se quedaron pudieron sacar firmas y fotos en un meet and greet impromptu de una hora, cosa que se debe apreciar considerando los inconvenientes que tuvieron tras su llegada, entre una serie de retrasos y unos problemas de salud del guitarrista Pete “Dee» Davison (quien decían tenía una muela postiza partida y una fiebre). Aun con un cansancio notable pudieron entregar un concierto de alto calibre y harto amor al público.

Crónica por Alonso Saer. Fotos por Samuel Girón.