Me aguanté las ganas de ver a Wild Nothing en vivo durante años. Cuando vinieron en el 2015, Wild Nothing lo hizo en forma de un show complementario para el concierto de Empire of the Sun, cosa que jamás entendí. No participé de esta estratagema, y en los 4 años entre ese concierto y el de ayer, Jack Tatum y compañía han enriquecido el repertorio con dos álbumes más, incluyendo el excelente Indigo, así que estaba de más emocionado por verlos.

Llegué al local alrededor de las 8:30 y Niños Vudú ya cursaba las últimas dos canciones de su set, lo que indicaba puntualidad máxima. Siguió Korea, quienes tocan pop lento con ganchos masivos de intención radial. La ejecución fue inmaculada – aunque el performance por ratos se sintió un tanto calculado. Al margen de eso, Korea tuvo un sonido más muscular que se adapta perfecto a la Sala Raimondi. ¿Es acaso el ex Toro Bar el local idóneo para conciertos en nuestra ciudad? La distribución de espacios es fluida, cómoda y lo suficiente irregular para quebrar el sonido. Anoche no tuve que usar tapones.

La espera no fue muy larga antes que la banda a tocar. El diálogo se mantuvo al mínimo y el opener sorpresivo fue «Nocturne«, uno de los pesos pesados del repertorio y que no esperaba escuchar tan pronto. La elección es perfecta: el redoble introductorio y las guitarras que se entrecruzan y desvanecen al momento preciso para dar paso a la voz de Tatum que se desenvuelve sobre la clásica base rítmica «Dreams» (qué tantos otros han apropiado también). No puedo enfatizar suficiente lo perfecto que estaba el sonido. Se entendía todo.

Siguió «Wheel of Misfortune«, con el coro que señala directo a Prefab Sprout, y luego un par de temas más antes insospechadamente deslizarse a «Live in Dreams«, tema que no es hit pero es inmediatamente memorable por ser el que abre su primer álbum, Gemini. Durante el resto del set, la banda privilegió material de su álbum más reciente, y en menor grado, sus dos álbumes más clásicos, Gemini y Nocturne. La única canción de Life of Pause que hizo presencia fue «Whenever I«, donde nuestro frontman hizo las veces de tecladista.

Sentí que era una de las pocas personas que estaban bailando. Quizá no corrió suficiente alcohol porque habría que trabajar a la mañana siguiente, pero aún así el local estaba bien lleno (por lo menos el pozo frente al escenario los costados) y había buena vibra. Esto solo prueba que a veces, aunque los planetas se alineen – banda perfecta, local perfecto, sonido perfecto – otros factores pueden hacer que un concierto no termine de explotar. Pero eso está bien. No todos los conciertos tienen que ser el fin del mundo.

Wild Nothing se guardó los temas más colosales para el final. «Letting Go» dio cierre al set principal, una gema redonda por donde se mire, con un coro indeleble y propulsor. Los amigos se retiraron al backstage, de donde salieron casi inmediatamente para dar el encore – pobres, no deben haber tenido tiempo ni de tomar agua – que estuvo conformado por «Chinatown«, «A Dancing Shell» – ¿qué hacía está canción aquí? – y, obviamente, la hipnótica, trágica, clásica «Shadow«.

Crónica por Nicolás del Castillo. Fotos por Sebastian Pesadilla.

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