Me sorprendió la poca cantidad de público que no se hizo tan evidente gracias al cambio de local a última hora. Inició los fuegos el carismático cantante de Turbopotamos, Humberto Campodónico, con guitarra en mano y apoyado por una caja de ritmos, con una propuesta fresca y sin pretensiones.

En las previas a la salida de Kurt Vile, se iban acomodando los instrumentos y saltó a la vista uno no muy frecuente en un concierto de rock: un banjo. “¿Acaso era el que le regaló su papá cuando tenía 14 años?”, me preguntaba. Vile, criado en Filadelfia, vivió rodeado de música country pero en sus años de adolescencia se decidió por la guitarra capturado por toda la escena indie de los 90 (sobre todo Pavement y Beck). Su nexo con la música que escuchaban sus padres y que lo acompañó toda su infancia era ese banjo. Esta historia puede servir para explicar su música en pocas líneas: suena clásico pero trasciende las restricciones de muchas etiquetas -folk, blues- procesando variopintas influencias, para entregar algo original.

El norteamericano, con un aire tímido y detrás de su característica cabellera, inició con “Dust Bunnies”, de su último álbum B’lieve I’m Goin Down…, el álbum más eléctrico en lo que va de su carrera. Ahí estaba esa voz entre perezosa y sosegada, reforzada por una banda muy afiatada y en excelente forma. Cogió por fin el banjo y continuó con “I’m An Outlaw” que sonó realmente estupenda. Si hubo algo que dominó esta primera visita de Vile fue su incursión en muchas de sus miniaturas folk-rock como las nuevas “That’s Life Tho (Almost Hate To Say)” y “Wheelhouse” pero también en solitario cuando interpretó dos temas con guitarra de palo antes del encore.

Esta elección por los medios tiempos llenó de una atmósfera más íntima el concierto, pero la tibieza del público en alguno de sus tramos dio pistas sobre lo que la gente esperaba: ese estallido hipnótico de fingerpickings (notable la guitarra de Kurt Vile a la hora de rockear) que estuvo a cargo de “Pretty Pimpin” y “KV Crimes” por citar dos joyas. Imperdonable la omisión de esa maravilla llamada “Wild Imagination”.

Cerró “Baby’s Arms”, en una bellísima versión con mucha pegada emocional, estruendosa (con su guitarrista tocando el saxofón) pero hermosamente crepuscular. No había que demostrar nada pero a todos nos quedó clarísimo el merecido lugar que ocupa Kurt Vile en el rock americano de estos tiempos.

Crónica por Álvaro Torres. Fotos por Mireya M. Denegri.