Noche del diecisiete de noviembre del año 2016. Llego al bar Hensley de Barranco, sitio en avenida Grau 982, bar querido por su compromiso con el rock local y buenos tragos, alrededor de las once de la noche. La banda limeña Liquidarlo Celuloide concluye su set con una última aceleración de ruido intenso y despeja el escenario para Ruins Alone, proyecto del baterista japonés Tatsuya Yoshida.

Ruins Alone, por lo general solo Ruins (la distinción parece recaer en que a veces toca solo, y a veces acompañado de un bajista) ofrece, en teoría, una mezcla de jazz fusión, rock progresivo, y lo que algunos conocen como Zeuhl: género iniciado por la banda de rock progresivo Magma en el cual el intérprete canta en un idioma de su propia invención. La pregunta es: ¿así suena? Un amigo describió el sonido de Ruins Alone como un “conflicto armado tocando un solo de jazz” y si bien yo nunca había oído algo así, supongo que hay una primera vez para todo.

Y así fue Ruins Alone: Tatsuya Yoshida se sienta en la batería, y como estoy lejos del escenario me fijo en las pantallas de las cámaras. Está sentado, alistando sus baquetas, no por eso se quita los anteojos, inicia una pista instrumental de fondo y abusa de su instrumento con una proficiencia difícil de creer. La música es impredecible y temperamental; algunos destellos breves de lo que creemos es armonía son aplastados de inmediato con ritmos fracturados, re-estructurados y vueltos a fracturar.

Es difícil creer que es Tatsuya quien se guía de la pista, y no que la música se mueve conforme a sus pautas. En un tema particularmente largo, el bajo y los golpes de tarola parecen pisarse los talones, parecen estar fuera de tiempo entre sí, pero sabemos que todo esto esta cuidadosamente milimetrado. El japonés lleva sus tambores y platillos al límite conforme mutila fragmentos sampleados y reconocibles (pero irreconocibles) de música clásica. Parece que el hombre va a explotar. Solo sabemos que su demostración ha terminado cuando se acerca al micrófono y nos dice, en una lengua que sí reconocemos, “gracias”.

La siguiente banda es Child Abuse. Un power trío de noise rock proveniente de New York (cuna del ruido) cuyo miembro más prominente es quizá el bajista Tim Dahl, por sus múltiples proyectos y colaboraciones con gente de estatura como la misma Lydia Lunch. En fin. El caos de Child Abuse es distinto: más predecible, más controlado quizá, pero no por eso más musical o menos terrorífico. Dahl y el tecladista Eric Lau se valen de sendos pedales de efecto y procesadores además de sus instrumentos, mientras que en la sección rítmica encontramos a Oran Canfield, que proporciona una base rítmica sistemática y hasta claustrofóbica.

Y así fue Child Abuse: los tres amigos están vestidos en enterizos plateados que absorben toda la luz de los flashes y me hacen pensar en la versión más pesadillesca posible de los Beastie Boys. Child Abuse nos da canción tras canción de caos controlado. Líneas de sintetizador y de bajo que giran sobre su eje y se meten en la piel. Gritos humanos y gritos robóticos. El público del bar Hensley se apelotona y sacude la cabeza, no sabe bien a qué ritmo. Los músicos de Child Abuse se dan cuenta que sus trajes son sus peores enemigos en este horno.“Tenemos una canción más para ustedes. Esta se llama Straight out of Compton”. No es el clásico del hip-hop que conocemos. Es una canción que tiene la particularidad de inducir el vértigo, conforme sube y baja y sube y baja de una vez por todas para cerrar esta sesión de rock extremo.

Nada más que decir. Salimos a ventilarnos y a comer algo. Intercambio unas palabras con Canfield acerca del trajín de viajar con tantos equipos. Le parece cómico lo que dije de los Beastie Boys. La gente les da opiniones variopintas todo el tiempo.

Crónica por Nicolas del Castillo. Fotos por Brayan Flores.