Es todo, chicos. Se acabó. Vivo X El Rock, el festival más importante del Perú, cerró esta década de memorables conciertos, una etapa en la historia musical, con una banda que parecía imposible ver en el país: The Strokes.

Desde temprano el line up atrajo a miles de jóvenes ansiosos por meterse en el pogo y por transformar su quincena en chelas dentro de las instalaciones de la Universidad San Marcos. ¡Qué diferencia con esos años adolescentes en que nos quedábamos fuera del Súper Complejo de Los Olivos, en plena Panamericana Norte, chupando ese menjunje toxicazo que llamaban “Thundercats” (o Tres Peritas)!

Ahora, mientras Daniel F. cantaba, ese chico que alguna vez fue punk bebía una cerveza importada al lado de una enfermera de traje celeste que bailaba “Yo pienso en ti” en su tópico. Esto muestra que el público ha mutado, trabaja y reserva un fondito para vacilarse en estos eventos maratónicos; quiero decir que si durante algún tiempo se pensó en el oyente de rock como en un patita misio –siempre quejándose del aumento de precios en los Rock en el Parque, por ejemplo–, ayer sorprendió su “opulencia” (ticket promedio, con comida, bebidas y entrada: 300 soles).

Sobre la experiencia, tantas propuestas en simultáneo hicieron difícil la elección de qué presenciar y a partir del atardecer la movilización de un escenario a otro fue más por estrategia, por necesidad, que por voluntad propia (imagínense, ¡soplarse a los Bullet For My Valentine!). A eso de las siete, ¡al fin!, Fito Páez apareció en el escenario entonando –o desentonando, para ser franco– «El amor después del amor«. No es nada extraordinario encontrar al rosarino en el Perú –lo he visto tres veces en los últimos tres años–, pero, ¡caramba!, qué capacidad la suya para conectar con el público. Anoche me metió en su bolsillo con una sentida interpretación de «Al lado del camino«, con la violencia de Ciudad de pobres corazones y con sus comentarios políticos sobre el convulsionado presente de Sudamérica. “Lima también está que arde hoy pero por otros motivos”, dijo un Fito de colores chillones, en medio de un setlist que parecía hecho por el programador de radio Oasis: hit tras hit. Al despedirse, el cantante agradeció a los peruanos por no olvidarse de él.

Turno de Interpol, trío neoyorquino que también estuvo este año en Lima (tocó en abril en los Domos) y su performance fue casi un calco de esa noche. Paul Banks, de estilo sobrio, exacto en cada beat, me hizo recordar –quizás por la diferencia de sus temperamentos– a los latinos que vinieron a anteriores Vive Por El Rock. En el 2016, a la misma hora, estábamos cantando el «Tutá tutá» de Los Auténticos Decadentes o el «Auto rojo» de Vilma Palma e Vampiros. Ahora la gente brincaba con «Evil«. ¿Qué quiere decirnos eso? Pues que los organizadores han incrementado su apuesta económica. Y eso está dándoles resultados.

Luego del prolijo show de Interpol, merodeé por los distintos escenarios y fui cautivado por unos músicos de vistosos trajes blancos: Los Shapis. Se ha hablado mucho de la participación de grupos tropicales en un evento “rockero”, pero ayer quedó demostrado que al peruano le gusta bailar su cumbia y su chicha. Confieso que fue extrañamente placentero ver tipos con polos de Slipknot y The Strokes moviéndose como si el tono fuese en El Huaralino (hasta había un lisiado alzando sus muletas ante “La muralla de la chicha”). Gran acierto de la producción darles una patada a prejuicios y dicotomías absurdas y conseguir que este Vivo Por El Rock se vuelva un espacio de libertad musical. Deja muy bien parado al rockero peruano su apertura hacia otros géneros (por desgracia, las bandas de rock pocas veces son invitadas a mostrarse en escenarios ajenos). En mi caso, me afané tanto con Los Shapis que, por verlos a ellos, no llegué a tiempo para escuchar «People=shit» de Slipknot.

A esas alturas de la noche, se hacía difícil caminar por la cancha de fútbol de San Marcos. Uno de los pogos se había instalado en un círculo de quince metros de diámetro, todavía lejos del escenario, donde Corey Taylor realizaba su negocio, más calmado de lo que parece en vídeos pero aun así intimidante, como para creer cierto eso de que se desnudó y torturó para grabar la canción Iowa, ¡no lo suficiente para oírlo regurgitar por hora y media!, así que fui a deambular otra vez y me encontré a Salim Vera fornicando con un amplificador. Para variar. ¿Qué decir de Libido? La vieja confiable, aunque me llamó la atención que el respetable de la zona rock coree «Pero aún sigo viéndote«, un tema con considerable distancia temporal de sus clásicos dosmileros.

De vuelta en el campo principal, ya era imposible ir hacia la parte delantera (pero no tan imposible como comprar un pan con chorizo). The Strokes estaba por tocar por primera vez en el Perú, nadie quería perder su medio metro cuadrado y a algunos les picó la misma araña que a Peter Parker. Los de seguridad, desesperados, hacían lo posible por bajar a chicos y chicas que trepaban los fierros de las torres por una ubicación preferencial. Ciertamente, el alcohol había hecho lo suyo, se perdió el miedo –una caída hubiera sido fatal– y varios también se perdieron, pues, mientras Julian Casablancas interpretaba «You only live once«, ojos desorbitados buscaban con incertidumbre a sus amigos (¡estos no se han percatado de que solo se vive una vez!).

El showman neoyorquino, conocido por ser “un hombre de pocas palabras”, sorprendió en Vivo X El Rock por su locuacidad, y en ocasiones pareció que se burlaba de algo –no sé exactamente de qué, me disculparán pero trunqué mis estudios de inglés en intermedio 12–. De todos modos lo sentí con mucha onda, con ánimos de decir ¡presente! “Esto no lo digo nunca, pero amo el Perú”, balbuceó en algún punto el rockero de 41 años que salió a cantar con lentes y con tonificados bíceps al descubierto.

«New York City Cops» y «Hard to explain» disiparon cualquier rumor sobre las deficiencias en el sonido en vivo del grupo. Confieso que esperaba a una banda de bar, y me asombró cómo, apenas con lo justo, los neoyorquinos lograron encender a todo un estadio ya cansado durante una hora y pico que fue de calidad. Nada que reprocharles, y no entiendo por qué se está juzgando tanto la personalidad de Casablancas cuando Paul Banks de Interpol fue –y creo que por lo general es– mucho menos comunicativo que él, y nadie anda señalándole su “frialdad”. Creo que a todos nos gusta pensar que presenciamos un instante único cuando asistimos a un concierto, pero no deberíamos condicionar nuestra valoración por las lisonjas al país o al público. Más allá de sus actitudes, musicalmente Julian Casablancas y su socio Albert Hammond Jr. registraron en nuestros cerebros un recuerdo imborrable –»Machu Picchu» incluida– que terminó con «Someday«, «Juicebox» y «Last nite«. 

Lastimosamente, la presentación del conjunto neoyorquino en el Perú se retrasó un poco, tanto el sábado –yo los hubiera puesto a las 9 p.m.– como en esta década que se despide –el grupo se formó en 1998–. Me van a odiar por esto, pero ellos, al igual que Bullet For My Valentine, Slipknot, e Interpol están a poco de convertirse en los rockeros argentinos de los ochenta que encuentran mercado en esta periferia cultural.

Creo que Vive X El Rock se caracteriza por su crecimiento a velocidad vertiginosa y por la corrección de sus errores edición tras edición. ¡Solo los mezquinos negarían que es un festival monstruoso, el más importante del país! Sin embargo, así como insospechadamente se ha ampliado su cartel con orquestas como Armonía 10, Los Mirlos, Camagüey, es necesario asumir riesgos con propuestas rockeras “más modernas” (y aquí no se trata de dinero, sino de una curaduría especializada), lo cual posicionaría a este festival como uno de los más reconocidos en Sudamérica (tiene todo el potencial para lograrlo).

Acabo diciendo que como público hemos crecido y los headliners de los albores de este milenio –Korn, Deftones, Slipknot, por ejemplo– ya no nos suscitan el mismo entusiasmo. Los dos mil acabaron hace rato y creo que, después de la visita de The Strokes, el Perú ya dio todos sus aplausos –y vaya que muy merecidos– a los héroes de esa época. Ahora queremos algo nuevo.

Crónica por Luis Francisco Palomino. Fotos por Diego García Cadenillas.

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