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48 horas en Nueva York con Harry Styles
Hay artistas que uno escucha y otros que, casi sin darnos cuenta, terminan acompañándonos a lo largo de nuestra vida.
Conocí a Harry Styles cuando tenía 16 años y aún estaba en el colegio. En esa época, me gustaba mucho cantar y solía ver videos en Youtube de audiciones a concursos de canto. Un día terminé frente a un video de Harry. Tenía la misma edad que yo, me parecía muy lindo y tenía una voz un poco ronca, igual que la mía. Eso me gustó.
Desde ahí me enganché. Empecé a seguir a One Direction durante su paso por The X Factor y, cuando entré a la universidad, obligaba a mis amigas a escuchar sus canciones. Mi cuarto estaba lleno de pósters —sobre todo de Harry— y, cuando por fin One Direction llegó a Lima en el 2014, mi mamá me compró una entrada con mucho esfuerzo y madrugué haciendo fila para estar lo más cerca posible del escenario. Durante varios años, Harry Styles ocupó un espacio enorme en mi vida.
Después crecí. Harry también. Seguí sus primeros pasos como solista y fui viendo cómo construía una identidad propia, pero, como suele suceder cuando uno crece, aparecieron nuevos artistas, otros intereses y otras versiones de mí misma, y le perdí un poco el rastro.
Quizás por eso, llegar a Nueva York 15 años después de haberlo conocido se sintió tan especial. Viví estos dos días como quien se reencuentra con un viejo amigo y descubre que, al estar juntos otra vez, parece que ni el tiempo ni la distancia hubieran existido. Pero también apareció en mí la necesidad de conocer en quién se había convertido, entender el momento que estaba viviendo y volver a mirarlo y escucharlo de otra forma.
Llegué a Nueva York el 18 de setiembre, un día antes del concierto y, después de instalarme en el hotel, fui directo al Madison Square Garden. A medida que me acercaba, pasaban por mi lado chicas y chicos con outfits coloridos, shorts, camisas y corbatas llenas de lentejuelas y brillos. Cuando finalmente vi el recinto, imponente y rodeado de enormes afiches del Together, Together Tour, no podía contener mi emoción. Esa noche Harry daba su concierto número 11 de 30. Yo tendría que esperar un día más para verlo en vivo.
El 19 regresé cerca de las cuatro de la tarde. Quería tener tiempo para observar y disfrutar todo lo que pasaba alrededor. Había principalmente chicas jóvenes, pero también niñas y niños con sus papás y adultos de distintas edades, todos vestidos para la ocasión. Mientras tomaba fotos, conversé con algunos fans y les conté que había viajado desde Perú. Un niño que estaba con su mamá, ambos con casacas preparadas especialmente para el concierto, incluso me regaló unos stickers. Todos se veían felices y emocionados. Yo también lo estaba cada vez más.
Finalmente llegó el momento de entrar. Mientras pasábamos seguridad, uno de los trabajadores nos preguntaba si estábamos listas para tener la mejor noche de nuestras vidas y, al ingresar, recibíamos una entrada conmemorativa. Adentro, los stands de merch estaban repletos de gente comprando polos, sweaters, tote bags, pósters e incluso earplugs de Pleasing, la marca de Harry. Yo me limité a un polo y un tote bag antes de subir hasta mi zona.
Incluso antes de que comenzara la música, algo del espíritu de Harry ya se sentía dentro del Madison Square Garden. Había un stand donde los asistentes podían registrarse para votar en las próximas elecciones y, en las pantallas, aparecían QR para apoyar distintas organizaciones y causas con las que Harry ha colaborado a lo largo de los años. Era una extensión bastante natural de esa idea de Treat People With Kindness que lo ha acompañado durante buena parte de su carrera.
Era mi primera vez en el Madison Square Garden y, cuando finalmente llegué a mi asiento y vi el recinto por dentro, quedé maravillada. Durante varios minutos, solo podía pensar: no puedo creer que estoy acá.
Luego apareció Jamie XX, el artista invitado. Su set fue increíble: beats profundos, bajos que se sentían físicamente en el cuerpo y una energía que hacía crecer todavía más la emoción de estar ahí. Alguien me enseñó alguna vez que hay algo muy especial en la música electrónica, en esa posibilidad de dejarse llevar por un mismo ritmo y, por un momento, vibrar todos juntos. Mientras lo escuchaba, pensaba que no podía ser casualidad que Harry lo hubiera elegido para abrir esta gira.
En las pantallas gigantes aparecían fans bailando durante su set. Harry todavía no había salido y los fans ya eran parte del espectáculo.
Poco a poco, el set de Jamie XX empezó a transformarse. Los miembros de la banda de Harry fueron apareciendo uno a uno y sumándose a la música hasta que los beats terminaron fundiéndose con los primeros sonidos de “Dance No More”, canción de Kiss All the Time. Disco, Occasionally., disco que marcó el regreso de Harry después de casi tres años alejado de los escenarios y de la vida pública.
Y entonces apareció Harry.
Desde el primer momento, su energía se sintió en todo el recinto. Con esa sonrisa enorme que lo caracteriza, empezó a recorrer la pasarela mientras el piso se llenaba de luces y colores. Hay algo particular en Harry como performer: puede ser sexy y cool y, al segundo siguiente, completamente tierno y gracioso. Tiene un carisma que parece no requerir demasiado esfuerzo, que hace que uno no pueda quitarle los ojos de encima y que sea fácil enamorarse un poquito de él.
Durante todo el concierto estuvo atento a los fans: los miraba, leía sus carteles, hacía bromas y se reía con ellos. Por momentos sentía que estaba viendo al mismo chico que había conocido 15 años atrás, todavía capaz de sonrojarse por algo que le gritaban desde el público. Seguía siendo él, pero con la seguridad y presencia de alguien que había crecido frente a millones de personas.
Esa evolución también se siente en la música. El setlist hace convivir distintas etapas de su carrera: “Dance No More” da paso a “Carolina”, mientras canciones como “Watermelon Sugar”, “As It Was” y “Kiwi” se mezclan con las nuevas canciones de Kiss All the Time. Disco, Occasionally.
Más que separar al Harry actual del que conocimos antes, el concierto reúne todas esas versiones.
Uno de mis momentos favoritos llegó con “Coming Up Roses”, mi canción favorita del nuevo álbum, acompañada por músicos de cuerdas en vivo. A lo largo del show, Harry pasó por distintos instrumentos: tomó la guitarra, se sentó al piano y hasta tomó la consola de DJ para experimentar con sonidos. Verlo moverse con tanta naturalidad entre ellos hacía evidente cuánto había crecido no solo como performer, sino también como músico.
La producción, tanto del disco como del concierto, parece construida alrededor de una misma idea: la conexión. El escenario circular, la pasarela, las pantallas y las luces permiten que un recinto tan grande como el Madison Square Garden se sienta más cercano. Harry corre, baila y mira constantemente al público. Se nota que disfruta estar ahí y que quiere que todos sean parte de lo que está sucediendo.
Esa búsqueda atraviesa toda esta nueva etapa. Después de pasar un tiempo lejos de los escenarios, Harry volvió a hacer música influenciado también por la experiencia de estar entre el público, bailar y compartir momentos con otras personas. En la primera canción de su nuevo disco: “Aperture” repite la frase: We belong together. La gira se llama Together, Together. Y dentro del Madison Square Garden esas palabras empiezan a cobrar sentido: bailar, reírse, disfrutar y sentir realmente la música juntos, pero también estar presentes y ser conscientes del momento que estamos compartiendo.
Hacia el final, Harry habló sobre lo que había significado volver a los escenarios, cuánto habíamos crecido juntos como comunidad y la importancia de disfrutar estos momentos incluso cuando afuera las cosas puedan sentirse difíciles o hayan cambiado. Luego llegó “Sign of the Times” y uno de los momentos más emotivos de la noche.
El concierto terminó con “Aperture”. Miles de personas cantando We belong together resumían la idea que había estado presente desde mucho antes de que Harry apareciera en el escenario.
Al salir, una banda de músicos callejeros seguía tocando canciones de Harry en la calle mientras un grupo de chicas bailaba alrededor. Algunas empezaron a hacer piruetas de ballet y, al mirarlas, conecté inesperadamente con una versión más joven de mí misma, a la que también le gustaba el ballet.
Quizás eso fue lo más especial de estas 48 horas en Nueva York con Harry Styles. Viajé queriendo reencontrarme con un artista que había sido parte importante de mi vida y terminé reconectando también conmigo misma, con los demás y con esas ganas de estar realmente presente en el momento y sentirme parte de algo.
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