Crónica: of Montreal en Lima 2018

El travestido, con tacos rojos y pantis fucsias y rotas, está de cuclillas al filo del escenario. Con los muslos abiertos, se ha puesto cara a cara con un fan, a quien manosea con sus dedos raquíticos mientras su peluca roja chilla, como esos agudos… tan Kevin Barnes.
El cantante se acerca más, es una amenaza (y su ex esposa lo sabe).
Es sólo un promiscuo y pequeño seductor, hermana. Él sólo te hará daño.
El chico del público se paltea. Llegar a un concierto de of Montreal y estar labio a labio con el llamado Mozart del pop. Las luces rebotan en sus cabezas. La gente grita wiuuuuuu.
El show comenzó con tres invitaciones al baile: «Id Engager«, «Gronlandic Edit» y «Paranoiac Intervals» / «Body Dismorphia«.

Barnes emergió eléctrico –con lentes y una chaquetita amarilla– y no para de saltar, como si el piso quemara. Es una especie de Yola Polastry versión indie que esta noche ha convertido el Centro de Convenciones de Barranco en una disco de ambiente. Rarísimo ver a un desenfadado frontman queer en estos lares del Tercer Mundo, de machos, pero el público es gay friendly y la flecha ya atravesó el corazón. “Ay, no puedo más. Este brother es demasiado”, dice una chica que sacude sus cuerpo.
Supongo que estaría bien ayudarte a escapar de las normas diseñadas por tus padres. Todos los fiesteros bailando para la estrella indie, pero él es el peor impostor de todos.
Siguen «Plastis Wafer» y «Writing the circles» / «Orgone tropics«.
Of Montral
Kevin desaparece mientras su banda continúa tocando, igual que hace veinte años, cuando todo comenzó (luego de una decepción amorosa del cantante ((con una mujer en Montreal)) (((gracias, dios)))).
El groove del bajo –con brincos de la música disco– y los compases que marca la batería son la base de este grupo, al que se unen las melodías de los sintetizadores y la extravagante puesta en escena de su vocalista, quien retorna con una polera amarilla de Minnie, y mueve sus hombros y quiebra sus caderas, cual Spice Girls en «Wannabe».
Te ves como un patio de recreo para mí, canta en la poperaza «Sex karma«. A continuación, «Wraith pinned to the mist and other games» o una lección de cómo armar el tono. La gente se anima. El olor dulce de la hierba flota, calienta las narices y los pulmones de los presentes.
Pretendamos no existir, pretendamos estar en Antártica, gime Barnes.
Of-Montreal
Mis músculos tensos… Hay varios niños chunchos en la fiesta, aunque seguramente todos morimos por bailar sin prejuicios como ese grupito de chicas que danza con absoluta soltura. Es que es diferente para ellas, canta Kevin. Tienen un lenguaje sensible, han construido miles de defensas, no se entumecen por la opresión…
Estamos en medio de una obrilla de teatro, de un acto performativo, circense, en medio de un concierto de rock. Pero la música y la estética visual no son todo: of Montreal balancea acertadamente sus tonos pastel y ritmos de discoteca con letras inteligentes, transgresoras. Aunque algunas sean demonios, todas son diosas… Aunque algunos demonios sean mujeres… Por cada perra psicótica, hay diez mil imbéciles agresivos, corea Barnes.
«It’s different for girls» se lleva medio minuto de aplausos.

El gringo no es muy comunicativo con el verbo, pero le basta con decir «¡Lima!» para animar a su gente. De rato en rato se pone a horcajadas y entrega la mano. Es encantador así, con esa peluca colorada, los huesos filudos de su cara, la blusita guinda… Nos da la espalda, se retuerce con sensualidad, como si estuviera en un night club y no le importara nada. Deja ver su vientre, una porción de su pelvis lampiña (un cateto del triángulo), algo de su nalga.
Voz aguda o gutural, da lo mismo: es maravilloso. Qué tipo este men, este Barnes… Con toda esa electricidad que expulsa sobre el escenario, sorprende saber que vive obsesionado con el suicidio, que sufre de depresión crónica, que se medica con Cymbalta… Quizás la culpa es nuestra, que chupamos su energía. Deberíamos indemnizarlo.
El set avanza con «Plateau phase» / «No careerism no corruption«, de su último álbum White is relic / Irrealis mood (2018), el número 15 de of Montreal. Aunque los instrumentistas son una parte vital de esta banda de Georgia, Estados Unidos, es innegable que su éxito se sostiene en los hombros pálidos de Kevin. Tanta música.

Su cerebro debe ser hermoso.
La peluca se sacude.
Barnes vibra como una malagua, hace polichinelas, su cuerpo se transforma en una X. Ese tórax con la plasticidad de una serpiente… Va hacia su público, acaricia las falanges de una admiradora. Sus pies nunca han dejado los tacos.
Ahora entona solito «Touched something’s hollow«:
¿Por qué estoy dan dañado, niña? ¿Por qué soy como el veneno, mujer? No sé cuánto más puedo aguantar… Si será siempre así…
Más tarde, la contagiosa «A sentence of sorts in Kongsvinger» y la banda vuelve al camerino.
¡Epic shit!”, comenta una flaquita. “¿Cuándo has visto algo así?”, le pregunta a su amiga.
Comparto su asombro. Es casi onírico, ¡este bandón está tocando en el Perú! Otro golazo de la productora IndieGentes, que hace poquito nomás presentó a Cut Copy y a Kauf.

Los músicos pisan otra vez el proscenio. Barnes está semidesnudo, se cuelga una guitarra. Un, dos, tres y… se siente un subidón de volumen –o estoy sordo o es que por ratos faltó bulla– y la audiencia ya está balanceándose con «The party’s crashing us«. Varios –incluyéndome– rompen el hielo y dejan que ese funk controle –o descontrole– tobillos, cintura, brazos y cabeza. Los puños en alto. Convulsiones. Convulsiones.
La fiesta nos está chocando ahora.
Sólo falta pica pica y la piñata.
La noche, que empezó con los nacionales de Korea –encaminados, dos singles potentes–, llega a su fin con «Heimdalsgate like a Promethean curse«.
Un espectáculo inolvidable. Kevin Barnes es un puto genio. Choca palmas, firma un vinilo y se va taconeando, llevándose sus pantis fucsias con huecos a otro país, a otra tarima que convertirá en un burdel. Esta noche no podré dormir.
No miento: of Montreal es de esas pocas agrupaciones que quisiera contemplar otra vez antes de irme a la B.
Crónica por Luis Francisco Palomino. Fotos por Fabio D. Miranda
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