Crónica: Graveyard en Lima 2019

La noche que Graveyard nos otorgó fue la experiencia de una vida bien vivida: Una antología de lo más potente, de lo mejor de cada etapa y, sobretodo, de una corta duración.

Volcano y Los Santos arrancan, cada uno con ritmos fuertes y de letras alegóricas, las ondas de los amplificadores remeciendo un recinto con apenas una veintena de personas que, dispersas y conversando a gritos, esperan la llegada de los suecos. Cerca de las diez, en los minutos finales de Los Santos, los fanáticos que iban llegando se agolpaban contra la reja del escenario, dejando tras de sí sucios charcos de cerveza y colillas remojadas en ellos.

La espera entre los teloneros y el acto principal se hacía larga; los reflectores de luces rojas y amarillas se vieron con la labor de entretener a los presentes durante media hora hasta que, bastante puntuales, Joakim Nilsson, Jonatan Ramm, Truls Mörck, y Oskar Bergenheim aparecen tras las cortinas del escenario. Delgados, altos, rubios, tomaron un trago de cerveza y en silencio comenzaron a tocar “Hisingen Blues”, de su disco homónimo.

Where is the future? / There is no past / Only the present / And will it last?

“Solo está el presente, ¿durará?” gritaba Nilsson en el coro de la primera canción, como augurando el tiempo que irían a tocar. Parcos en el escenario, el cuarteto vivía una experiencia propia al momento de tocar y, en privado, cada uno se movía a su ritmo, creando una atmósfera personal a medida que la canción y su narrativa existencial progresaban. Era increíble cómo pese a su nula interacción con el público, músico y oyente se sintiesen en la misma sintonía, compartiendo una conexión que iba más allá de la lírica, la melodía, y las columnas que temblaban en el C.C. Festiva.

Les siguieron de corrido “Golitah” y “Walk on”, de ejecución impecable. Si no eran iguales al disco de estudio, era por el mayor poder y energía que le propinaban a la presentación en vivo. Entonces, habiendo pasado casi veinte minutos, el cantante se detuvo frente al micrófono y con la mirada clavada en su pedal, dijo: “Gracias”, acompañado de cuatro palabras más en un inglés tímido que presentaron “Goliath”. Al tocar solo las más conocidas de cada disco, parecía su objetivo que quien sea que escuche el concierto —un seguidor desde su creación en el 2006, o alguien que los lleva conociendo una semana— sea capaz de reconocer cada una de las canciones.

Iban ya por la décima canción cuando se detuvo nuevamente a hablar, esta vez un poco más resuelto contó en segundos algo acerca de la canción que tocarían y, mientras el público vociferaba «Graveyard, Graveyard, Graveyard«, o moviendo las manos hacia el cielorraso pedían «Blue Soul, Blue Soul, please«, él se reía y anunció “Hard times lovin’”, profetizando desde sus primeras líneas —“Darlin’, I’m leaving now«— que después de esa canción saldrían de escena, cansados, con los cabellos estampados en el rostro, empapados de sudor.

Dos minutos en silencio y en el rostro de la gente se sentía la confusión. ¿Volverían? Sí. Volvieron. Otra vez en silencio se acomodó cada uno en su posición y tocaron “Low” y “Ain’t fit lo live here”, ambas causantes del pequeño pogo en el medio del lugar que cada vez llamaba más gente y que, cuando llegó “The Siren”, la última canción de la noche, alcanzó su punto máximo. Si bien con una tonada lenta, el coro de voz raposa y riff increíble alborotaba al público; quienes no giraban y se empujaban entre sí, mecían violentamente sus cabezas de arriba abajo, a los lados, con los ojos cerrados y los brazos estirados hacia el escenario.

Graveyard salió del escenario por última vez del mismo modo en el que entró: en silencio. Dejaron sus instrumentos en el suelo y lanzaron sus púas. Bergenheim, levantándose de la batería con esfuerzo lanzó cada una de sus baquetas a un extremo distinto del público. Él fue el último en desaparecer de los ojos de los más de cien espectadores de la noche, quienes aún con los tímpanos inflamados y una sonrisa en los rostros, demostraban satisfacción y se abrazaban por haber visto, al menos durante una hora, al grupo sueco.

Crónica por Andrés P. Sillo. Fotos por Lukas Isaac.

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