Crónica: Mon Laferte en Lima 2018

Mon, tacos plomos, vestido negro, hombros descubiertos, aros en las orejas, boca fucsia, párpados brillantes, pelo azabache y ondeado, ingresas al anfiteatro del Parque de la Exposición justo cuando tu banda acaba de tocar la introducción de «La Murga de Panamá», y ahora continúa con un ritmo latino, sabroso, endemoniado, o el telón que se abre para tu voz.
Pides un último beso, pero este público peruano no quiere dártelo aún. Estas cuatro mil personas paradas frente a ti compraron todas las entradas para hoy en sólo tres días. Yo estoy aquí por pura casualidad. Soy un arisco cronista, un periodista al que llevan de tribuna a tribuna para escribir de conciertos, y que presencia tu acto para atestiguar si eres una estrella viva o el producto de una eficiente oficina de marketing (como dicen algunos críticos de Chile, tu país).
Coges el micro dorado, cantas con desenfado y aprovechas tus silencios para zapatear y alzarte la falda y mostrar tus piernas blancas. Unos veladores con lámparas y copas decoran tu noche en el escenario. Eres joven y se nota, sobre todo ahora, en una balada y otro bolero –»Vuelve por favor» y «Tormento«–, cuando exiges más de lo que tu voz puede dar y prolongas la última sílaba, alargándola hasta la luna de Lima.

Tus admiradores reconocen tu entrega y aplauden hasta enrojecer sus palmas, y también rasgan sus gargantas por ti este sábado en que el anfiteatro se parece a una Quinta Vergara chiquita.
“Fue todo en febrero / un romance sin dinero / tu sexo tan poético / como tus celos”.
Buenas noches, Lima, saludas con timidez.
Tus músicos son un viaje en el tiempo. Visten camisas turquesas y pantalones del color de la mostaza. Esto podría ser una matinal del cine Tauro en los sesenta.
Sigue una baladita setentera, y dices que antes de mí no conocías el amor, que no había nada, y la imagen es mágica porque alguien te ha dado una camiseta de nuestra selección de fútbol, la blanquirroja, y tú la paseas por la parte delantera del proscenio, y recoges tantos regalos –girasoles, carteles– que pareces un depósito de cariño.
Dices que extrañabas muchísimo a los limeños, y detrás de ti el batero toca algo muy parecido al inicio The Ballroom Blitz, lo que anuncia el fin de la parte lenta, y ya, es hora de bailar un poquito, un, dos, tres, un dos tres… “Ay, ay, ay, de mí / de este amor que se me incrusta como bala / que me ahorca y que me mata”.

“Todo sería diferente si tú me quisieras”, corean tus fans, quienes han sembrado rosas en sus cabezas por ti.
El baterista pincha aceleradamente su hi–hat en una nueva versión de Que sí, con un toque mexicano (quizás por el acordeón o por los pasitos –atrás, adelante, Sapito– de los músicos). Tú también te mueves, trazas círculos rasgueando la guitarra, y recuerdo que de niña hacías covers de Nubeluz. Ahora eres una Dalina.
Vuelta a la sensiblería con «Primaveral«. Un chico con corona de flores y cerveza en mano grita que te ama desde la parte alta. Veo tu rostro gigante en la pantalla derecha. Tienes una belleza que desafía lo convencional. Anuncias tu visita a Arequipa, donde te presentarás esta noche, y acotas que te gusta viajar. También prometes que volverás a la capital, y algunos proponen una mudanza al Estadio Nacional.
“Pero cada uno de ustedes tiene que invitar a diez personas”, bromeas.

Las piezas que siguen las compusiste por tu abuela. La primera es «El cristal«. Te plantas con tu acústica en el medio de nuestros ojos y –para mí– esta interpretación araña el cielo.
La segunda es «La trenza«.
Cielito de abril.
Pa’ dónde se fue.
Tal vez, temas de relleno, o esa es la impresión que tengo al ver que algunos revisan sus celulares. Quizás es una estrategia, un descanso, recargas tu energía y dejas que la audiencia respire, que vaya por cervezas.
Debe ser eso, porque luego uno de los tuyos se sienta sobre un cajón criollo y te paseas por todo el frente mientras entonas un valsecito de callejón de un solo caño, y caminas señorialmente, con la elegancia y seguridad de quien sabe que su canción es más que buena. «Yo te qui suena» al Perú.
“Faltó el pisco sour”, ríes, y el anfiteatro se transforma en una peña cuando cantas «Propiedad privada» a capela. Tus músicos no recuerdan las notas para acompañarte, pero tú te sabes todita la letra, incluso mejor que yo.
Es turno de «Flor de amapola» y mueves tus caderas en cámara lenta, con sensualidad. El tema tiene algo de ska y de jazz por las trompetas, con el rasgueo rítmico del reggae. Te contoneas… El baile te ha calentado. Creo que lo necesitabas –lo necesitábamos– para paliar la baja temperatura.

Te cuelgas una viola roja y le regalas al público tu «Amor completo«. Una canción de templadas. “¿Cómo se puede / sentir tantas cosas / en tan poco tiempo / y no morir? / Tú puedes hacer / un gran nido / en mi universo”. Confiesas que se la escribiste a un peruano. La gente no te toma en serio. “No es chiste, es verdad”, insistes.
“¿Listos para bailar?”, preguntas, enérgica, y tu banda dispara una canción tropicalona, onda Calle 13, con mucho swing. «Amárrame«. La secuencia ahora nos transporta un ratito a la Argentina, con el clásico «No me arrepiento de este amor» de Gilda. Y este es un momento especial porque observo que una vendedora deja sus golosinas en el piso y enciende un puchito para verte, a la vez que otra empieza a grabarte, pues reconocen que entre ellas y tú hay algo en común. Y sospecho que ahí está la clave de tu encanto: puedes ser cualquiera: una mujer que ama y una que pide que no se fumen su marihuana, una oyente de baladas, boleritos y cumbia, una chica delante de un chico pidiendo que la quieran, como Julia Roberts en la melosa Un lugar llamado Notting Hill.
Eres Latinoamérica.
Cierras mordiéndote los labios con «Tu falta de querer«, tema que escuché por primera vez en un micro de la línea Orion, sin saber que eras tú quien me cantaba.
Y la última es «Mi buen amor«.
Te despide una ovación sincera, y el fotógrafo que me acompaña dice que tu show se ubica entre los diez mejores de este 2018. No lo contradigo. Eres una artista auténtica, Mon Laferte. Ojalá vuelvas pronto y brindes como se debe.
Por mi parte, cuidaré de esta flor que ya colocaste en mi frente.
Crónica por Luis Francisco Palomino. Fotos por Diego García Cadenillas.
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