Crónica: Muse en Lima 2019

Si hubiera que hacer una puesta en escena del Apocalipsis de la Biblia, escogería a Muse para ello. Sus trombones, bombos de casi tres metros y la voz chillona de Matt Bellamy anunciaron anoche en el Jockey Club el fin de una época y por supuesto el comienzo de otra: la de los conciertos barrocos para la gente multitasking del siglo XXI. Por su espectacularidad, el Simulation Theory lleva este 2019 a la vitrina de Muse.

A eso de las 21:30, el cantante emergió del fondo de la tierra, como una estatua de oro, y desde la inaugural «Algorithm» convirtió el escenario de fierros y tela negra en una monstruosa máquina de sonidos espaciales. Para los que cruzamos con escepticismo el túnel para dar con esa base lunar que es la explanada, «Pressure«, «Psycho«, «Break it to me» y «Uprising» fueron la confirmación de que los ingleses tocan para la posteridad: un pie en el futuro, otro en el presente.

En la reciente «Propaganda«, el Jockey se llenó de nubarrones por varios minutos, metáfora sobre las cortinas de humo en era de noticias falsas. La consabida parafernalia había hecho presagiar ilusiones ópticas que maquillarían deficiencia alguna, pero las tres pantallas –laterales, una de cine– mostraron secuencias con la misma nitidez –esa que es mejor que la realidad– e inigualable calidad con que sonaron voz e instrumentos. Era un sonido tan perfecto que parecía impostado, parte de un film, pero ahí teníamos a Matt en cuerpo y alma, la casaca llena de foquitos LED, jugando con su Manson como un niño extraterrestre que descubre el fuzz; y más allá, a Christopher Wolstenholme remeciendo suelo limeño al palpar ese mástil de bajo parecido a un sable de luz de Star Wars; y detrás a Dominic Howard marcando el pulso de sus compañeros y de las casi veinte mil personas que había en el recinto, un recordatorio de que era el último show de una gira mundial y de que, muy a pesar de su aspecto juvenil, el trío cuenta con veinticinco años de vida artística. Calidad hasta para regalar.

En el cielo no había estrellas, pero con lentes similares a los de Cíclope de X-Men, Bellamy irradiaba luz, incluso su viola emanaba tubos blancos que hacían compañía a la luna. Matt era una especie de astro mezclado con humano, y una cámara lo perseguía en su recorrido por la pasarela que dividía el campo A. En las pantallas, en cinematográficos planos picado, el vocalista de Muse dialogaba con el Marilyn Manson de Antichrist Superstar y el Pinky de The Wall, sólo que en su propia versión de apocalipsis en la galaxia.

Es verdad, pues: Muse no ha inventado estos shows de rock primos de lo circense (podemos hablar de KISS, U2, Rammstein), pero su temática futurista ha obtenido la atención no sólo de la vieja escuela, sino de gente más interesada por el showbiz que por el grupo en sí, un hecho meritorio para los británicos en este contexto en que los rockeros pierden sus batallas por la masa contra el Conejito Malo –¡eeh!– y la Rosalía. Hoy Muse enarbola esa bandera que dice “¡El rock no ha muerto!” y entra como punta de lanza en una nueva década en la que seguramente seremos testigos de performances aún más asombrosas. Y, como se dice, ya tenemos algo que contar a los nietos.

Por otro lado, son mezquinos los que rebajan lo de Muse a un espectáculo visual: la gente no brinca como loca únicamente porque apuntas a sus caras con lucecitas. Pandillas de hombres, mejores amigas, parejitas, señoras y antisociales movieron las caderas y alzaron las manos durante «Plug in baby» y «Supermassive black hole«, parte de cualquier antología rockera de los dosmil. Nunca he oído tantos “qué rico” como ayer durante su interpretación, superando incluso las grabaciones de estudio. Si bien los otros temas no ostentan la fama de sus hits, los fans de Muse, cual procesión, los han llevado en andas a la popularidad y las corearon como clásicos.

A destacar, por ejemplo, «Hysteria«, una pieza con una onda nu metal y un estribillo pegajoso; «Madness«, con Wolstenholme tamborileando sobre el panel táctil instalado en el cuerpo de un bajo sin cuerdas; y «Dig down» –rola del álbum que presentaban–, con el trío en la punta del pasadizo. Precisamente en esta última, Matt, al mando de un piano, dijo que era especial acabar la gira Simulation Theory en Perú y prometió regresar. Por fin, los tres se habían desnudado para el encuentro cercano del tercer tipo, el rato de intimidad (quiero decir que acababan de despojarse de sus atuendos luminosos, de sus efectos digitales, de todo artificio) y el público obedeció al pedido de encender las linternas de los celulares, transformando la explanada en un campo de estrellas; y con un formato acústico Muse nos demostró –por si lo habíamos olvidado con tremebundo montaje– que cuando hay feeling no se necesita más que una voz melodiosa, guitarra de palo y una ligera percusión para lograr momentos inolvidables. El respetable, obviamente, ovacionó.

Luego el show retomó los colores estrambóticos y nuevamente la confusión, uno no sabía qué hacer: si fijarse en Matt, en el esqueleto contenido en un cubo que había en los visuales o en las coreografías de los danzantes. Las cabezas se movían de un lado a otro, y a esas alturas de la noche mi ojo se acalambraba. Pero faltaban todavía la aparición de dos cyborgs, un memo de que se avecinan tiempos de transhumanismo, y la irrupción de un gigantesco robot –de plástico– llamado Murph, quien prácticamente “salió de la pantalla”. Fue tal la emoción por ver a ese muñecote que un tipo, que rato antes hacía comentarios en castellano, comenzó a exclamar en inglés “Oh, my god! Oh, my god”. Esto es Muse, el grupo que con su alucinante e impecable logística te sitúa en una realidad paralela y te hace hablar en otro idioma.

Como no podía ser de otra manera, la noche culminó con «Starlight«, el hito en la carrera de Muse, una bisagra: los cuatro minutos con cuatro segundos que marcaron el antes y el después de. Este instante hubiera sido perfecto de no ser por esas chicas levantadas en hombros que no sólo se interponían entre la pasarela y quienes estábamos en la parte izquierda del campo B, sino que mientras más nos esforzábamos por ver la figura de Matt, estas movían sus celulares para grabar al cantante, para grabarse a sí mismas, para grabar al público, impidiéndonos un recuerdo inmortal en nuestras mentes por un cúmulo de megabytes que quedará almacenado en… sus teléfonos. En fin, lo dio a entender el vocalista con esos lentes con cámara incorporada: dentro de poco surgirá el humano–filmadora.

Después de un medley pesado –»Reapers«, «Assasin«, «The handler«–  cerró el setlist la épica «Knights of Cydonia«, y aquí ya no hubo camaritas ante el riesgo de salir volando por el pogo. Los fans sabían que con esta se terminaba todo y dieron en ofrenda sus gargantas y sudor, como se debe.

Por ahí quedará para la anécdota la imagen en que Matt recibe una bandera de Bolivia, junto a la de Perú, y se lleva las dos consigo, situación inesperada que expande el mapa de Muse en este viaje planetario y la posiciona como banda de alcance mundial.

Para los que fuimos anoche al Jockey, el quince de octubre del 2019 será recordado como el día en que los astros abandonaron el espacio e iluminaron a los grises habitantes de Lima, aunque haya sido sólo por dos horas.

¿Volverán?

Crónica por Luis Francisco Palomino. Fotos por Lukas Isaac.

Setlist de Muse en Lima 2019:

  1. Algorithm (Alternate Reality Version)
  2. Pressure
  3. [Drill Sergeant]
  4. Psycho
  5. Break It to Me
  6. Uprising(Extended intro and outro)
  7. Propaganda
  8. Plug In Baby
  9. Pray (High Valyrian)(Matthew Bellamy song)
  10. The Dark Side
  11. Supermassive Black Hole (Close Encounters intro, The… more )
  12. Thought Contagion
  13. Interlude
  14. Hysteria
  15. Bliss (elegida por el público contra Showbiz)
  16. The 2nd Law: Unsustainable
  17. Dig Down(Acoustic Gospel Version)
  18. STT Interstitial 1
  19. Madness
  20. Mercy
  21. Time Is Running Out
  22. Prelude
  23. Starlight
  24. STT Interstitial 2
  25. Algorithm
  26. STT Interstitial 3
  27. Stockholm Syndrome / Assassin / Reapers / The Handler / New Born
  28. Knights of Cydonia

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