Crónica: Dee Snider en Lima 2019

Una sucesión de veloces martillazos al pecho de la audiencia inició el concierto de Dee Snider en el Centro de Convenciones Festiva. El doble bombo de «Lies Are Business» remecía las cajas torácicas, justo cuando el estrambótico cantante de Twisted Sister apareció en el escenario, a cielo abierto.

Los riffs thrasheros de las guitarras no alcanzaron la brutalidad necesaria en los dos primeros temas –la segunda fue «Tomorrow’s No Concern«, también del último álbum de Snider, For The Love Of Metal (2018)–, y llamaba la atención la ausencia de un bajista. No obstante, el trajinado frontman puso la casa en orden y en la tercera pieza, «You Can’t Stop Rock And Roll«, las distorsiones y los amplificadores ya rugían al nivel de su potente garganta.

Tras saludar al respetable, el norteamericano explicó la situación del encargado de los graves, al parecer un problema en Migraciones, y lamentó no haber tocado en el Perú antes. “Pero hace dos años visité Machu Picchu. Y mi esposa probó ayahuasca”, dijo.

La lista de canciones continuó con otra nueva, «American Made«, que empalmó con la clásica «Burn In Hell«. A ratos, Snider cogía el pedestal del micrófono y se sacudía a 220 voltios como si hubiera puesto las uñas en un cable pelado, mientras su voz vibraba al igual que en los años ochenta. De hecho, Dee está tumbándose los calendarios, pues sus memorables facciones, es una piedra afilada con gafas, no han cambiado mucho en treinta y cinco años, o es que siempre se le vio así de tío…. Como fuere, las diferencias físicas se perciben hoy en su rizada cabellera, puras canas, y en sus brazos, tatuados y bronceados.

En lo musical, aún sin bajista, la banda se oyó impecable. La primera parte de su show incluyó un estreno más: «I Am The Hurricane«. Definitivamente, el reciente For The Love Of Metal es un viaje a la raíz, machacante, heavy, setentero, pero suena a este siglo. Ha recibido comentarios positivos de la crítica especializada y tiene una calificación de 4.8 de cinco estrellas en Amazon. En síntesis, es un repaso de lo que fue la hermana tronada antes del exitoso «Stay Hungry«.

Precisamente el siguiente tema fue un himno de dicho elepé. Bastó con que el batero le diera un par de toques a su cencerro para que el público adivinase lo que se venía. Y todas las voces, con puños en alto, se mezclaron para gritar que no lo vamos a aguantar más, consigna que salió con furia de los pulmones, como un escupitajo salvaje, en esta coyuntura en que –se dice– el rock ha pasado de moda.

 

«We’re Not Gonna Take It«.

Mientras viva, Dee no lo va a permitir… Aun despojado de su característica armadura fucsia, ahora más parecido a un peleador de lucha libre en retiro, con esos pantaloncillos blancos (sobre todo a Mickey Rourke en la película The Wrester), continúa siendo un héroe marginal, uno que ha descendido al nivel del público para corear junto a él: “¡Huevos con aceite!”.

Y es llamativo que un músico de su talla banalice su obra cumbre, pero ya lo dijo otro famoso: no te lo tomes tan en serio, es sólo rock and roll… Como sea, el inciso fue perfecto para que un padre peruano y su hija en hombros alzaran juntos sus nudillos. ¿Alguien puede creer que Dee, tierna criatura del glam metal, fue denunciado y llevado a la corte en el 85 por ser un peligro para los niños?

¡Pero si sólo es huevos con aceite! Bah, el tiempo lo cambia todo. Y Dee “fucking” Snider parece un hombre íntegro que a sus 64 recién cumplidos sólo quiere hacer lo que le da la gana –¿cuándo no?– sin maquillaje, y supongo que por eso presentó «Ready To Fall«, de su antigua banda Widowmaker. “Veo que hay cuatro personas que han oído hablar de ella. ¿Nadie más la conoce? No me importa”, se carcajeó.

Acto seguido, dedicó «The Price» a dos amigos suyos que murieron hace unos días. En los primeros acordes de esta balada alguien le dio sendas pitadas a su hierba. ¿Por qué siempre se prenden en las lentas, eh? Tras la última nota, Snider apuntó al cielo con sus índices y se quedó un rato así. Es cristiano.

Minutos después, «I Wanna Rock» le devolvió el color a la vida. Los espectadores cantaron con fuerza y devoción, incluso un vendedor de cervezas ejercitó sus cuerdas vocales durante el famoso estribillo. En ese momento la unión entre Dee y sus seguidores peruanos fue tal que el cantante le pidió un silencio a su banda. “Ellos son especiales, no necesitan música para cantar, ¿saben? Miren”, dijo, y vociferó “I wanna rock!” y la respuesta agitó la Av. Alfonso Ugarte: «Rock! ¡Raaack¡ Rock! ¡Raaack! Roock! ¡Raack!». No sé si pasa lo mismo con otros géneros musicales, posiblemente sí, pero el aura que fluye entre los artistas rockeros y sus fans es muy emocionante, una conexión que puede sentirse cerca a los hombros, como cosquillas suaves. Un éxtasis colectivo.

Luego, el nacido en Nueva York bajó del estrado. Los instrumentistas fueron tras él. Esperaban que se pidiera “otra, otra”, pero era tan obvio que planeaban volver que varios evitaron la fatiga. Pero Snider se resintió. Caminó micrófono en mano hacia su camerino, quejándose porque no los llamaban de vuelta. La masa reaccionó. Y Dee retornó a prisa, se paró jadeante en el medio y como si todo el tiempo se hubiese tratado de un recital íntimo para los amigos, para los cómplices, selló el espectáculo con «Highway To Hell«, de AC/DC.

Y entonces sí que se fue.

En serio, la velada fue tan intensa que terminó antes de lo esperado. De todos modos los asistentes quedaron satisfechos por la entrega del grupo. Nada que recriminar. 35 años de espera para cantar huevos con aceite (y limón) habían llegado a su fin.

En día martes el ex Twisted Sister nos hizo la semana, quizás el mes. Un subidón de energía que así nomás no lo transmite cualquiera. Menos sin su bajista.

PD: Sólo por curiosidad: ¿alguien sabe por qué Dee se oculta detrás de los amplificadores durante los solos de guitarra?

Crónica por Luis Francisco Palomino. Fotos por Lukas Isaac.

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