Crónica: Dorian en Lima 2018

Algunas bandas tienen una relación muy especial con ciertos países que no son los suyos. Los Hombres G, por ejemplo, no olvidan que Lima fue su primer destino en Sudamérica, y la acogida tan cálida como en casa. El vínculo de Dorian con el Perú también parece cargado de ese cariño por lo ajeno. También son españoles –de Barcelona– y han vuelto por cuarta vez a este suelo que los recibe con gratitud, llenando con más de mil personas la discoteca Cocos’s de la avenida Arequipa.
Los cinco músicos ya están en el escenario, en la segunda planta, y el concierto arranca con “La Isla”, una pieza reciente que repite un tema común en sus letras: la búsqueda. “Y buscamos en las calles / las peores tentaciones / Y bailamos hasta el alba / más de doscientas canciones / Y hablamos de poetas / mientras el mundo dormía / bajo una lluvia fría”.
La gente se integra durante la pegajosa y melancólica “Verte amanecer”. “¿Por qué creer en Dios si él no cree en nosotros?”, se pregunta Marc Gili, vestido con una casaca negra, y la réplica hace un eco que estremece Lince: “En el fondo / todo lo que quiero / es verte amanecer”.

Es una lástima que la voz de Marc no se oiga tan clara esta noche, pues las canciones de Dorian describen meritoriamente el cambio y la alienación en esta sociedad de consumo: “Algunos amigos son hoy desconocidos / otros se han vuelto aburridos y no cuentan nada (…) Otros acumulan miedos y electrodomésticos que hacen de todo / creo que he visto una luz al final de unos baños”.
Igual, la base musical compensa, es movediza, synthpopera, y cuando nadie toca Gili aprovecha para congraciarse con sus seguidores, entonces –felizmente– sus palabras son nítidas: “A la clase política corrupta hay que darle una patada en el culo”. Fuertes palmas y vítores de sus fans. Varios llevan el polo de la banda, con el arte de su último disco Justicia Universal (2018). «¡Vamos, Lima!», arenga Marc, y apunta: “Nada que sembrar/ nada que esperar / de un mundo gris / neoliberal”.
Si Dorian fuera una persona, sería aquella que no podría vivir en un departamento de 50m2, una que solo consigue su lugar en la búsqueda, que habita la persecución bohemia, la inconformidad como un estilo que da sentido a la existencia. “Toda esa plata que tienen en paraísos fiscales, ¿de qué les va a servir cuando se acabe el mundo?”, cuestiona el vocalista, luego de interpretar la contestataria “Justicia universal”:
“Tengo grabaciones / que podrían arruinarte / Como me cabrees / voy a poder humillarte / No me importa nada / si te hundes o te salvas / porque esto se acaba, vamos a tomar las armas / Pruebas nucleares y descuentos especiales / lluvia de millones en la putas navidades / Compra tu cupón, hoy es tu día de suerte / Firma con el banco tu futuro decadente”.

«Duele«, canción que se grabó con León Larregui de Zoé, es ovacionada antes de la primera nota con la mención a dicho músico. La frase sabia: “Nada es suficiente cuando nada está bien”.
Marc vuelve intimista la velada al confesar sus sentimientos por el Perú. Recuerda su contacto inicial con el país, su estancia en La Oroya –donde son muy conocidos– y agradece la hospitalidad de una familia, a quien prometió una canción, que por fin ha concebido. Titula “Llévame” y dice así: “Bajo un cielo plomizo / entre Lima y La Oroya / descubrí el lado bueno del hombre”.
Sin duda, el barcelonés sabe hacerse querer. Al cantar –llévame, llévame, llévame lejos de aquí– abre sus bíceps, extiende sus dedos, como si quisiera abrazar a toda la discoteca. Es un pico del show, muy feeling. Otra vez, el yo poético que descubre personas, sentimientos e ideas en su peregrinación.
El siguiente tema, dice Marc, trata de amistad, amor y sexo. “¿Hay algo más?”, pregunta, y alguien vocifera: «alcohol«. El fondo del escenario se tiñe de rojo, un infierno a diez metros del piso. “Hasta que caiga el sol” mantiene el recital en lo alto.
Ahora Gili interpreta un papel distinto. Sus pantalones ajustados se ponen en evidencia mientras mueve sus caderas sensualmente, y al acercar sus labios al micrófono logra emocionar con oraciones directas y llameantes: “Te cambio un techo por una tormenta perfecta / Te cambio una oficina por un huracán / Quiero ver tus ojos negros / desnudándome en la noche / y besar tu cuerpo hasta el amanecer”.

El sonido de Dorian es limpio. Su bajista toca sobriamente; la tecladista también canta; la segunda guitarra es apenas perceptible –lo cual no es una crítica, ya que esa es su función–; y la batería solo se aloca en los últimos segundos de las canciones. Tubos blancos caen del techo, como relámpagos, y el trajín –llevan una gira encima– se nota episódicamente en los músicos.
La estructura de sus composiciones es básica, una práctica constante del verse chorus verse. Sus coros son potentes, enganchan. Esa es su virtud.
Marc exhorta a apoyar a la música independiente, y le manda un saludo a Renato, gestor de la difusión de Dorian en Lima. “Tormenta de arena” es coreada como un clásico. El momento en que la conjunción de cientos de voces te pone la piel de gallina: “Y cuando llega el nuevo día / me juras que cambiarías sí / pero vuelves a caer / Te dolerá todo el cuerpo / me buscarás en el infierno / porque soy igual que tú”.
«Todo lo que siento por ti, solo podría decirlo así», grita Marc y sus seguidores responden, se hacen uno solo. El trance se hace infinito. “Tormenta de arena” debería sonar en cualquier playlist con lo mejor del rock independiente de la década pasada.
Mango’s baila el hit.
Dorian sabe cuál es su fuerte, ya lo han explicitado con “A cualquier otra parte”: “Entraría en tu luz / con una canción sencilla / tres notas y una bandera / tan blanca como el corazón / que late en tu cuerpo de niña”.
Lo simple también puede ser encantador.
El grupo se despide con “Los amigos que perdí”. Antes de irse, Marc insiste: “¡Sean felices!”. Finalmente, los cinco músicos se toman de la mano y le hacen una reverencia a su público, un gesto muy simbólico que hace que muchos vuelvan a casa con una sensación agradable en el pecho.
Tres notas y una bandera tan blanca como el corazón.
Crónica Luis Francisco Palomino. Fotos por Carolina Delgado.

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