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Crónica: My Chemical Romance en Lima 2026, el estallido de un grito de emoción contenido por años
Dicen que la nostalgia es un arma de doble filo, pero anoche, en el Estadio Nacional de Lima, My Chemical Romance decidió no solo empuñarla, sino dispararla a quemarropa contra un recinto con capacidad para más de 43,000 personas y que logró un sold out para este esperado momento. Ayer, 25 de enero de 2026, la banda que definió la angustia adolescente de una generación vino a sumergirnos en un régimen totalitario, oscuro y teatral. Lima dejó de ser Lima por dos horas para convertirse en la capital de Draag, y nosotros, gustosos, nos entregamos a la dictadura de la gran nación.
7:00 pm – Antes de que MCR se apoderara del escenario, hubo un estallido de blanco y negro. The Hives, los encargados de abrir la velada, demostraron el porqué son considerados una de las grandes bandas en vivo de la actualidad. No fueron un simple entremés; fueron una patada de energía directa al pecho. Los suecos calentaron un estadio que ya hervía en el verano limeño, dejando al público no solo preparado, sino eufórico. Su presentación fue la dosis de rock perfecta para sacudir los nervios previos al acto principal.
9:00 pm – Cuando las luces se apagaron, el Nacional rugió. Pero lo que vimos no fue una banda saliendo sin más a tocar, sino el inicio de una obra de teatro distópica. El escenario se transformó en una estructura soviética, fría y brutalista. Personajes vestidos de enfermeros y oficiales aparecieron barriendo y limpiando obsesivamente el piso, preparando el terreno para algo clínico y peligroso.
En las pantallas gigantes, una tipografía desconocida por algunos se presentaba al público: el Keposhka. Ese idioma inventado por la banda (junto al letrista Nate Piekos) que ha llenado de misticismo el escenario. Y sobre todos nosotros, vigilante y ominoso, un Ojo gigante en la parte superior de la tarima. Como una versión rockera de 1984 de George Orwell, el ojo bajaba ocasionalmente, siendo limpiado por el staff en una coreografía que nos hacía sentir encerrados en una prisión de alta seguridad.
El monitor cardíaco sonó. El pitido incesante de «The End.» marcó el inicio del concierto. El mismo comenzó con una interpretación completa del álbum The Black Parade (Reprise Records, 2006). Si los gritos eran notables durante esta primera canción, cuando «Dead!» comenzó, el estadio se vino abajo. Pero lo que vimos en las tribunas no fue solo un ejercicio de nostalgia para quienes vivieron el auge del emo en los 2000; fue la prueba viva de que el rock de My Chemical Romance ha tejido un lazo indestructible entre generaciones. Veteranos de la escena y adolescentes que descubrieron la banda en la era digital saltaron al unísono, borrando cualquier brecha de edad bajo el mismo himno.
Fuimos testigos de momentos de teatralidad brutal, desde escenas que simulaban una ejecución en directo (con efectos de sonido y una actuación tan convincente que el estruendo del disparo hizo saltar a más de un desprevenido) hasta la aparición de un hombre envuelto en llamas en el escenario. Y acompañando esta narrativa distópica, la pirotecnia jugó un rol clave: nunca antes en un concierto en Perú había visto tal despliegue de fuego. Las llamaradas no se guardaron para el final; calentando el aire y elevando la intensidad de un espectáculo que, por momentos, parecía más una zona de guerra cinematográfica que un concierto de rock.
Tras la ejecución del álbum que definió el 2006, hubo un quiebre. Tras un interludio de cuerdas que marcaba el final del Acto I, la banda demostró que debajo del maquillaje y el concepto de The Black Parade, son una banda de rock visceral.
El setlist para el Acto II giró hacia sus raíces. Fue impresionante ver cómo canciones menos comerciales de sus primeros discos fueron recibidas con la misma pasión que los hits más conocidos. La amplia fanaticada peruana demostró ser conocedora, coreando los deep cuts con la misma energía que «I’m Not Okay«. Ya no había una temática dictatorial; solo sudor, energía y un pogo incansable.
Tras el recorrido por sus clásicos y la intensidad del segundo acto, solo quedaba una bala (la más letal de todas). Tras un juego de pregunta y respuesta cantando con el público, los acordes iniciales de «Helena» desataron la última gran explosión de la noche, esta vez puramente emocional. Ya no hacían falta la pirotecnia ni los actores del inicio; la energía cruda de la banda y las decenas de miles de voces coreando el desgarrador «So long and goodnight» fueron el verdadero espectáculo final.
Este momento se sintió menos como una despedida y más como una meta cumplida. Se siente como si la espera hubiera valido completamente la pena: no solo se trata del primer concierto de My Chemical Romance en el Perú, sino que fuimos los testigos de la inauguración de su gira mundial. Lima tuvo el privilegio de ser la primera ciudad en levantar el telón a un espectáculo de tan impresionante magnitud, que nos dejó el corazón en la mano y la certeza de haber presenciado un hito en la historia de los conciertos en nuestro país.
Fotos por Raul Umeres
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